jueves, 30 de abril de 2026

Neurofisiología y pragmatismo ante el Comandante y sus maracas

 Publicado en El Espectador, mayo 7 de 2026



A principios de los noventa Cuba enfrentó una devastadora crisis de salud pública. Un brote de “neuropatía epidémica” afectó a más de 50 mil personas que experimentaron ceguera parcial y otras afectaciones. La calidad de vida se redujo sustancialmente. Para comprender este desastre fue necesario ir más allá de consideraciones médicas y comparar las explicaciones oficiales con el diagnóstico científico, primero local y luego internacional. La crisis marcó un quiebre en las relaciones del régimen, el sistema sanitario y la población cubana. 


Tras la caída de la URSS, principal benefactor de la Isla, la abrupta contracción económica y la escasez de suministros básicos llevaron a que la vida cotidiana se volviera “una lucha constante por la supervivencia”. En salud pública el impacto devastador se empezó a sentir en hospitales y clínicas de todo el país: miles de personas acudieron reportando síntomas neurológicos inusuales, como visión borrosa e incluso pérdida parcial de la vista, debilidad muscular y dolor en las extremidades que dificultaba la movilidad.


Los primeros casos de neuritis óptica aparecieron en Pinar del Río en 1991. Desde el principio, Fidel Castro se obsesionó con la idea de agentes tóxicos externos resultantes de una guerra biológica de los EEUU. Tal escenario fue rechazado gracias a una investigación realizada por médicos e investigadores cubanos. En este grupo estaba Pedro Coutin-Churchman quien se inclinó por la hipótesis nutricional y enfrentó fuerte resistencia política. “Para un establecimiento arraigado en el concepto de fortaleza sitiada que justifica su propia existencia, cualquier situación extraña, algo tan insólito como un repentino brote de neuritis óptica, genera de inmediato la sospecha (o la esperanza) de una acción del Enemigo. El Líder Máximo de la Revolución lo vio con total claridad, como siempre, gracias a su singular perspicacia y sabiduría” escribiría años más tarde en un artículo desde su exilio académico en UCLA, Los Ángeles. 


Coutin-Churchman siempre sostuvo que el brote no fue una enfermedad infecciosa misteriosa ni un fenómeno multifactorial ambiguo, sino una consecuencia de la desnutrición causada por la crisis económica del “Período Especial” que el control estatal a la producción y distribución de alimentos agravó. Los investigadores encontraron datos incompatibles con una epidemia infecciosa: no había agente causal identificable, los estudios apuntaban a daño neuronal y muchos pacientes mostraban déficits de vitamina B. Además, la distribución epidemiológica afectaba sobre todo a fumadores adultos, mientras niños pequeños y embarazadas estaban relativamente a salvo.


Un hallazgo decisivo fue la asociación entre dieta deficitaria, tabaquismo y exposición a compuestos que pueden liberar cianuro, como la yuca. Se vinculó la enfermedad con síndromes nutricionales descritos antes en campos de prisioneros de guerra y entre trabajadores pobres del Caribe, especialmente el síndrome de Strachan. “No había ningún virus. No había ningún agente tóxico en el aire”. La explicación era una neuropatía tóxico-nutricional. La eliminación de mercados campesinos y el sistema de racionamiento dejaron a la población con dietas extremadamente pobres en proteínas y vitaminas con raciones mensuales mínimas de arroz, frijoles, aceite y huevos, complementadas a veces por mezclas basadas en soja, yuca y col. Esta alimentación, junto con el tabaquismo, habría generado el terreno para la epidemia. El efecto del tabaco se debía a la pésima calidad del que se consumía en Cuba: el mejor se destinaba prioritariamente a la exportación de habanos premium.


La reacción oficial fue insólita. Coutin-Churchman afirma que cuando su grupo presentó la hipótesis nutricional, Castro la rechazó tajantemente. Insistía en una infección o ataque externo. “¡Encuéntrenme ese virus!”, ordenó. Según su relato, algunos funcionarios que apoyaron la interpretación nutricional fueron apartados, mientras se promovían teorías virales que luego se abandonaron. De todas maneras, el gobierno “instó a los cubanos a tragar diariamente una píldora vitamínica gratuita”. Posteriormente, expertos internacionales participaron en el diagnóstico. Aunque persistieron explicaciones ambiguas, el manejo práctico acabó confirmando la causa nutricional: una de las cohortes mostraba mejoría con intervenciones sencillas como carne, queso y otras fuentes proteicas, sin tratamientos sofisticados. También resultó relevante la mejoría observada tras la reapertura de mercados agrícolas y cierta flexibilización económica en 1994: poco después, la epidemia prácticamente fue erradicada. Para Coutin-Churchman, esta observación reforzó el vínculo causal entre hambre estructural y la neuropatía que “unos meses después… había desaparecido para siempre”. La epidemia no puede entenderse, según él, sin el modelo político y económico cubano: “el control absoluto del gobierno”; las restricciones que impidieron a la población garantizar su propia subsistencia.


Cuando el Comandante Castro ordenó a los Comités de Defensa de la Revolución distribuir raciones de una pastilla multivitamínica diaria surgió un chiste popular: 

  • ¿En qué se parecen un estómago cubano y una maraca? 
  • Ambos están llenos de aire y pequeñas semillas
REFERENCIAS

Coutin-Churchman, Pedro (2014). “The ‘Cuban Epidemic Neuropathy’ of the 1990s: A glimpse from inside a totalitarian disease”. Surgical Neurology International, June 14


Guibert, D (2025). “50,000 Cubanos se Fueron: ¿el Brote lo Cambió Todo?. Pulso Real, Youtube, sep 27 


H&M (2018) “Una (no muy breve) cronología del tabaco”. Humo y Tabaco, abril 28


Monmaney, Terence (1995). “Politics of an Epidemic : The mystery outbreak in Cuba turned out to be a nerve disease caused by malnutrition. Some blame inaction by the image-conscious regime, and question ethics of the U.S. trade embargo”. Los Angeles Times, Nov 20