lunes, 15 de noviembre de 2021

Economía y política en tiempos inciertos

Publicado en El Espectador, Noviembre 18 de 2021


No recuerdo una época con perspectivas económicas tan imprevisibles. La pandemia, que no da tregua, desbarata cualquier predicción. 


Los resultados de una encuesta de intención de voto realizada a finales de Octubre son ilustrativos. Puntean los indecisos (58.7%) seguidos del voto en blanco (14.4%) y por Gustavo Petro (11.5%). Nadie aventura cábalas sobre lo que haría ese personaje en materia económica si llegara a la presidencia. Algo similar podría decirse de los demás candidatos cuya política económica diferiría bastante poco. No hay mucho margen de acción.  


Paradójicamente, un panorama político tan incierto podría implicar similitudes en el manejo macroeconómico que, incluso bajo Petro, no se alejará demasiado de la ortodoxia exigida por el gran capital que financiará campañas electorales.  La observación anterior no implica que a largo plazo una presidencia suya tenga las mismas secuelas que una de centro o de derecha. No hay que recurrir a Cuba comunista para argumentar que alguien que ha bebido de esas fuentes ideológicas puede dejar una huella desastrosa por décadas. Los ejemplos sobran en América Latina desde antes de la pandemia. El actual panorama, con empresarios y profesionales muy educados buscando emigrar, no reconforta.  


Hasta la caída del muro de Berlín existieron partidos que diferenciaban nítidamente la izquierda de la derecha. Era simple inercia: la situación de la clase obrera ya había cambiado, la industria perdió importancia ante el sector servicios, distintos oficios se profesionalizaron, surgió una verdadera élite sindicalista y un operario podía volverse empresario. La izquierda ya no podía contar con la clase obrera como base para su acción redentora. Además de pobres, desempleados y jóvenes, eran necesarios nuevos sujetos políticos excluidos y oprimidos, por cuestiones como raza, sexo, lengua u origen geográfico. Aparecieron entonces políticas identitarias centradas en la igualdad y la inclusión. La izquierda democrática aceptó que los bienes de producción permanecieran en manos privadas siempre que esa propiedad esté hiperregulada por una burocracia supuestamente defensora del bien común a pesar de la corrupción generalizada.  


Excluyendo fanáticos tipo Trump o Bolsonaro, la derecha y el centro compraron entero el nuevo discurso y aceptaron el bulto de sus dogmas. Ya es corriente en varios países que los bancos financien conferencias anticapitalistas. La misteriosa alianza entre uno de los principales grupos económicos del país y Gustavo Petro, o un intelectual muy crítico del establecimiento  colombiano que gana jugosos honorarios dando conferencias a grandes empresarios apuntan en la misma dirección. 




Que el sistema se alíe con quienes fueron enemigos acérrimos no es la única muestra de fusión izquierda-centro-derecha. Las industrias históricamente más depredadoras del medio ambiente, como la automotriz, ya adoptaron el mercadeo basado en retórica ecológica. Con la posible excepción de la inmigración, la derecha y el centro han adoptado básicamente todos los relatos que reivindican los derechos de minorías que también se han convertido en actores usuales del mercadeo capitalista. 


La consecuencia más nefasta de este menjurje ideológico es haberle dado un puntillazo al debate político. Ante la incertidumbre reinante, difícil imaginar algo más nefasto que un ambiente en donde no se discutan racionalmente los diferentes escenarios alternativos posibles y los correspondientes cursos de acción.


Un elemento común a esta carencia de argumentación informada y basada en la evidencia es apelar a los sentimientos ensalzando la irracionalidad, el “perverso intento de negar el uso de la razón para así poder aglutinar a todos los individuos en un colectivo oprimido”. 


Un ejemplo que ilustra bien la precariedad del análisis en asuntos cruciales para el desarrollo económico del país, como la educación superior, fue el debate que nunca hubo sobre la iniciativa “Ser Pilo Paga” antes de las pasadas elecciones presidenciales. El primer ataque al programa, cuyas evaluaciones sistemáticas y rigurosas habían sido todas muy positivas, vino de Sergio Fajardo, quien señaló lo evidente: solo se beneficiaban unos pocos. En seguida se sumó De La Calle evocando un estigma también obvio: era inequitativo. 


Los ataques más demoledores vinieron de Gustavo Petro que los sustentó basado en un simple dogma: no cumplía con las características que debe tener la educación superior: “universal, nacional, de calidad y gratuita”. Amén. Una supuesta verdad general que, si acaso, se cumple en algunos países ricos pero que definitivamente no aplica para las mejores universidades del mundo, privadas, horriblemente costosas y con una versión de “Ser Pilo Paga” financiada por patrimonio propio y redes de patrocinadores. 




Cualquier sociedad seria hubiera hecho ajustes progresivos a “Ser Pilo Paga” y un seguimiento a los beneficiarios para evaluar sus ventajas a largo plazo. Aventuro dos hipótesis. Una, ese grupo élite estará mejor preparado que el promedio egresado de universidades de inferior calidad para enfrentar la incertidumbre asociada con la pandemia. Dos, activismos y fanatismo que definen y manipulan la fofa política contemporánea tendrán dificultades para reclutar seguidores sumisos o leales entre personas tan pilas. La verdadera inteligencia, la genialidad, de cualquier nivel económico, nunca es dócil.  



García, Jano (2021). El Rebaño. Cómo Occidente ha sucumbido a la tiranía ideológica. La Esfera de los Libros

https://www.las2orillas.co/el-verdadero-origen-de-la-relacion-gilinski-gustavo-petro/



martes, 9 de noviembre de 2021

La bailarina, el chef y los comunistas

  Publicado en El Espectador, Noviembre 11 de 2021


Uno de los mayores logros de la revolución cubana fue edulcorar el comunismo con irreverencia, trópico, artes, bohemia y rumba. 


Al meterle realismo mágico a un discurso basado en buenas intenciones, megalomanía y proyectos faraónicos, represión, política castrense y totalitarismo quedaron mimetizados y diferenciados de las prácticas en dictaduras más frías y severas. La intervención armada en otros países se volvió un alegre gesto de amistad con los pueblos.   


Colombia Moya Moreno era una bailarina hija de Luis, un escenógrafo, pintor, arquitecto y director de cine mexicano que llegó en gira a nuestro o país por los años treinta. En Medellín, conoció y se enamoró de Alicia Moreno una joven de Fredonia. Se casaron y tuvieron dos hijos. Colombia, la segunda, tenía pocos meses cuando decidieron irse a México tras establecer una red de amistades entre artistas colombianos. En D.F. la casa Moya-Moreno se convirtió en refugio para exilados que se reunían a “escuchar bambucos, bailar cumbias, porros y beber aguardiente”. Por allí pasaron, entre muchos, Porfirio Barba Jacob, Leo Matiz, Rodrigo Arenas Betancourt, Manuel Zapata Olivella, Alvaro Mutis, Gabriel García Márquez y Fernando Vallejo. Varios habían coincidido con Fidel Castro en el Bogotazo del 9 de Abril de 1948. Por otro lado, algunos de ellos habían visitado la Unión Soviética y simpatizaban con el comunismo.



La vocación inequívoca de la hija Moya era la danza cuyo estudio inició con el rigor del ballet clásico. A mediados de los 50 fue llamada para formar parte de un grupo de baile folclórico mexicano que haría varias presentaciones en Cuba. Allí, “sentí un aire cálido que me acariciaba, me aliviaba, me llenaba la vida. Quería vivir en ese lugar. Y eso antes de la revolución, luego, para mí era el mejor lugar del mundo”.


Tras un doloroso incidente familiar Colombia decidió irse a Acapulco para, además de leer a Marx, “bailar y entregarle sus dolores al mar”. Estando en la playa, se le acercó un estudiante de leyes cubano, “de clase media y ademanes burgueses” que le confesó su vieja admiración por ella como bailarina. Vivieron un intenso romance y “terminé casada por bruta, de blanco y por la Iglesia”. Tuvieron una hija que quedó registrada con el apellido de la madre y no de quien resultó borracho, mujeriego e irresponsable, además de vergonzoso tibio en materia de compromiso político. Decepcionada, Colombia se separó para volver con su hija a la casa materna, retomando la danza y las artes.


Al poco tiempo decidió irse de gira para Francia. En París, con una “convicción imbatible” optó por quedarse para perfeccionar su formación como bailarina. El cuidado de su hija en México no parecía desvelarla. Empeñada en “devorarse el mundo del arte, potenciar su expresión artística y esculpir su agilidad corporal” se unió a un grupo de canto y danza latinoamericanas dirigido por un comunista paraguayo.  Así entró al círculo de exilados hispano parlantes que se reunían a cantar, bailar y sobre todo a “intercambiar lecturas, a discutir y pensar críticamente el mundo, a discutir las posibilidades de las revoluciones en los países del sur”. En medio de estas veladas, el grupo de artistas recibió con júbilo la Revolución cubana. 


Poco después apareció Pedro Baigorri, un joven vasco, estudiante de cocina, con gran sensibilidad revolucionaria y conocedor de las luchas del pueblo argelino. Con él salían por las calles parisinas pintando los muros y buscando militantes para los grupos solidarios Fidelistas de Europa. Estas actividades hicieron que Colombia tuviera mayor deseo de instalarse en la isla, hasta el punto de ofrecerse en la embajada cubana como voluntaria de la Revolución. 


Siguiendo instrucciones del Comandante Fidel, la diplomacia castrista buscaba alguien de primera línea que pudiera “contribuir a la formación de las escuelas nacionalizadas de cocina cubanas” y que, además, “ayudara al cultivo y preparación de los caracoles de tierra en la isla”. El peculiar chef debía cumplir el requisito de ser comunista o por lo menos apoyar de manera irrestricta la revolución. Encontraron a Pedro Baigorri, que cumplía casi todas las exigencias y caprichos del dictador. Ser anarquista en lugar de comunista pareció una falla subsanable. Elegido por la burocracia y dispuesto a embarcarse para apoyar la lucha del pueblo cubano, el cocinero vasco pensó en su nueva mejor amiga bailarina, en la oportunidad que la vida les ofrecía de hacer en pareja lo que ella siempre había soñado. Le propuso que viajaran juntos. Así, con pocos días de intervalo, salieron para Cuba la bailarina y el chef cargados de ilusiones, amor, alegría, caracoles y setas para que la revolución comunista prosperara. 



Buscando animarlo con alusiones a su otra pasión, Colombia le dijo a Pedro: “así no bailes, así no te subas al escenario a danzar, todo en la vida es danza, la historia es una intensa coreografía de cuerpos en movimiento… el lenguaje de nuestras actuaciones… nuestro compromiso con la Revolución”. 

martes, 2 de noviembre de 2021

Dialogar con ETA y con las FARC

 Publicado en El Espectador, Noviembre 4 de 2021


En Colombia siempre será útil recordar qué debe hacer una democracia con una organización terrorista. 


“La clave fue mantener un contacto indirecto tras el atentado”. Esta lánguida frase sobre el reflejo moderno de buscar negociar lo que sea y como sea con grupos armados que matan gente y provocan terror parecería de algún iluminado colombiano. Pero no, se trata del titular de la entrevista hecha al ex jefe de gobierno español, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero que rememora “los diferentes momentos estratégicos que propiciaron el final de la violencia etarra”. 



El titular está algo acomodado por el periodista pues Zapatero precisa que ese “contacto indirecto” nunca fue tan condescendiente como han sido tradicionales los llamados “diálogos” con grupos guerrilleros nacionales. El antiguo primer ministro explica la diferencia con lo que hicieron en el país los santistas. “La singularidad del proceso respecto de otros como los del IRA en Irlanda del Norte y las FARC en Colombia, radica en que en el caso español fue una decisión unilateral de ETA sin contrapartidas políticas” (subrayado propio).


Una condición para el diálogo con la banda terrorista era que “se comprometía a dejar las armas, con la limitación de que solo podía abordar la cuestión de los presos y el desarme. Dejaba por fuera las cuestiones políticas, competencia de los partidos” (Subrayado propio). 


Lo que más sorprende del abismo con la cascada de concesiones políticas, judiciales y electorales a las FARC es que el conflicto vasco se asemejaba más a una guerra civil que lo sucedido en Colombia. Los etarras tuvieron siempre una considerable proporción de seguidores, incluso votantes, entre la población. Nada que ver con las FARC o el ELN, más propensos a amedrentar y someter ciudadanos que a ganar su apoyo. 


Zapatero está seguro sobre la efectividad del proceso de paz con ETA. “Fue unilateral, limpio y sin contrapartidas. Lo que evitó el riesgo de otros procesos que entran en crisis por denuncias de incumplimientos. Diez años después podemos decir que fue para siempre”. En Colombia se supo que la paz no sería estable ni duradera casi desde que se firmó el acuerdo.


Anotando que la decisión de ETA fue unilateral, el socialista español es generoso con los terroristas: la organización armada estaba derrotada por los organismos de seguridad estatales, apoyados por toda la ciudadanía y actuando coordinadamente con la Audiencia Nacional, una institución judicial especializada no en condonar, como la JEP colombiana, sino en investigar, perseguir y castigar criminales tal como exige la justicia penal de cualquier democracia. 


Dos meses antes de la conmemoración “Diez Años sin ETA”, con 79 años, moría en San Sebastián Mikel Azurmendi. Exetarra, antropólogo y escritor, había sido una de las primeras voces que se alzó en el País Vasco “para condenar públicamente el terrorismo de la organización criminal”. El fallecido criticó no solo a sus antiguos compañeros de armas sino, sobre todo, a sus apoyos políticos. Tras el asesinato del concejal del PP Miguel Ángel Blanco en 1998, Azurmendi promovió la creación del Foro de Ermua, una asociación cívica de la que fue primer portavoz. Un año después participó en la fundación de ¡Basta Ya!, la iniciativa ciudadana para “oponerse al terrorismo, apoyar a sus víctimas y defender el Estado de derecho, la Constitución y el Estatuto Vasco”. Muchos de sus integrantes estuvieron amenazados varios años por ETA.  



La claridad mental de Azurmendi con respecto a la necesidad de aferrarse a la constitución y a la ley ante la amenaza de los violentos la tenía a pesar de considerar que en su tierra la situación se acercaba a una guerra civil. En su ensayo La herida patriótica, publicado en 1998, afirmaba que los vascos “se consideraban en guerra” cuando hacía referencia a la izquierda abertzale que seguía apoyando el uso de las armas. 


A Colombia le ha ido muy mal con la violencia política y, sobre todo, con una cínica élite intelectual que la disculpa, justifica e incluso la ha apoyado desde la guerra fría hasta después de firmada una paz radicalmente distinta a la lograda con ETA. Primero, la aceptación ciudadana del proceso es relativamente unánime en España mientras que en el país sigue siendo motivo de agrios enfrentamientos. Segundo, dialogar con ETA no implicó cambiar, manosear y manipular el régimen constitucional, jurisdiccional y electoral como tranquila e impunemente hicieron los promotores de un acuerdo voluntarista y costoso. La tercera observación, simple e inobjetable, es que la paz santista generó nuevos motivos de confrontación fanática en lugar de consensos. Como lúcidamente anota Zapatero, las concesiones políticas, como las que obtuvieron las FARC, por ejemplo acceso favorable al congreso e impunidad penal camuflada con recuerdos de la guerra, o infinitas promesas incumplidas sobre desarrollo del campo, generaron reproches y señalamientos de saboteo mientras una violencia mal diagnosticada, que ya era marginal, continuaba. 




Aizpolea, Luis (2021). Entrevista a José Luis Rodríguez Zapatero al celebrarse los Diez Años sin Eta. El País, Octubre 17


Gorospe, Pedro (2021). “Mikel Azurmendi, una voz pionera frente a ETA”. El País, Agosto 8


Serrano, María (2021). Entrevista a Fernando Savater. El Debate, Oct 30







lunes, 25 de octubre de 2021

Místico, nadaísta, sociólogo y guerrillero

 Publicado en El Espectador, Octubre 28 de 2021

En los años sesenta, los caminos que llevaban a académicos y estudiantes universitarios colombianos hasta la guerrilla eran impredecibles. 


William Ramírez Tobón fue, junto con Alfredo Molano, uno de los intelectuales más cercanos al médico insurgente Tulio Bayer. Con vocación religiosa temprana, ferviente seguidor de Gonzalo Arango y los nadaístas, admirador y discípulo del cura Camilo Torres, quiso seguir la carrera del profesor de sociología de la Universidad Nacional que moriría abatido militando en el Ejército de Liberación Nacional. Al abandonar la guerrilla fue docente universitario e investigador del IEPRI y el CINEP. 



Ramírez empezó su peculiar carrera estudiando derecho en Manizales. Buscaba entender la extraña época de la posguerra. En las universidades occidentales actuaban diversos ismos que pregonaban un mundo mejor: comunismo, anarquismo, existencialismo, antiimperialismo, pacifismo, hippismo y amor libre. Como si no bastara este caleidoscopio de idealismos, protesta y desobediencia que conduciría al levantamiento estudiantil de Mayo 68, en Colombia había surgido el Nadaísmo que le sumó poesía y bohemia a la rebeldía. En Manizales, Ramírez y sus soñadores colegas, como Humberto de La Calle, frecuentaban los bares “escuchando tangos y jazz, tomando aguardiente, fumando tabaco y marihuana… proclamando la potencia creadora del hombre solitario… a la espera de algún trueno impredecible que transformara la historia”. Pronto se aburrió de los códigos: lo suyo era la bohemia y el amor sin ley. Cuando decidió estudiar Filosofía y Letras, su familia, preocupada por los devaneos con la ociosidad, lo apoyó siempre que ingresara a la Universidad Nacional en Bogotá. Allí mantuvo su vida bohemia pero le sumó discursos incendiarios del padre Camilo Torres con acción revolucionaria. La efusividad rebelde lo llevó a la Facultad de Sociología para cambiar el país bajo la orientación del cura y de Orlando Fals Borda. Del primero le impresionaba su coherencia ideológica y la actitud consecuente con sus ideas políticas. Era el más puro representante de aquel cristianismo que luchaba por la igualdad, se indignaba con el sufrimiento del pueblo y se inspiraba en el nazareno que con látigo expulsó los mercaderes codiciosos del templo. 


La lectura en clave evangélica que Camilo Torres hacía de Marx inspiraba a muchos jóvenes que terminaban envueltos en profundas disertaciones psicoanalíticas mezcladas con intensos debates sobre las variantes del marxismo-leninismo más pertinentes. Los trotskos enfrentaban con vehemencia la línea comunista soviética y también las orientaciones de Mao desde Pekín. El debate también tenía que ver con la correlación de fuerzas políticas locales. Todos los factores atávicos, reaccionarios y opresores hacían impostergable la lucha revolucionaria siguiendo el ejemplo esperanzador de la Revolución cubana.


El convencimiento ideológico no era suficiente para vencer algunas tentaciones terrenales de la vida bohemia que en principio debía ser consistente con el ideario político. Así llegó Ramírez a una cómoda fusión entre acción revolucionaria, aguardiente, marihuana, tango y salsa. “Se es revolucionario no por lo que se lee, sino por lo que se hace, y por lo que se baila y se fuma”.


Una década antes de los rumberos y traviesos rebeldes urbanos del M-19 ya se cultivaba entre la pequeña burguesía capitalina de vanguardia la peculiar visión de que la revolución, así sea robando, secuestrando y matando, es una verdadera fiesta. “Actúe primero, reflexione después, pensar paraliza la acción” sería la delirante fórmula Tupamara importada al país por el grupo armado dirigido por Jaime Bateman Cayón, cocinero mayor del Gran Sancocho Nacional que conduciría trágicamente a la Toma del Palacio de Justicia en 1985. 


Incluso entre estudiantes revolucionarios y parranderos el nadaísmo era visto con recelo. Para sus compañeros de sociología y sus amigos militantes, William padecía de “un peligroso aislacionismo político caracterizado por debilidades orgiásticas reincidentes”. Para contrarrestar las críticas decidió unirse a los comandos camilistas, aguerridos estudiantes dispuestos a sacrificar su vida por la emancipación nacional siguiendo al cura revolucionario. Ni siquiera así pudo superar su amor por “la noche libidinosa junto a poetas borrachos”. 


El milagro que le permitió hacer coherentes ideas políticas y efervescencia amorosa se llamaba María Arango Fonnegra, “reina de la universidad, exponente de la clase alta bogotana y militante de la Juventud Comunista, hermosa oveja negra de su familia, encantadoramente descarriada y ferviente luchadora anti- imperialista”. Militante comunista, María tenía los contactos necesarios para que jóvenes soñadores fueran a la isla caribeña que estrenaba revolución a que les dieran entrenamiento ideológico y militar para tumbar a bala el capitalismo en sus países. Cuando se encontraron en la Nacional ella sentenció, “lo voy a mandar a Cuba para que se le quiten esas güevonadas”. Semejante propuesta de quien viajaría a Moscú para ser formada en la Komsomol, organización juvenil del Partido Comunista soviético, era seria. A los pocos meses, William emprendería viaje a La Habana donde conocería a Pedro Baigorri, el chef vasco de Fidel Castro, y a Tulio Bayer. 



Tobón Marco (2017). Baigorri. Un vasco en la Guerrilla Colombiana. Txalaparta

domingo, 17 de octubre de 2021

Intelectuales y conflicto: Tulio Bayer

 Publicado en El Espectador, Octubre 21 de 2021

Un factor subestimado de deformación en la historia del conflicto armado colombiano han sido algunos intelectuales tan idealistas como sesgados. 


Yo debía tener unos 10 años cuando ví en la revista Cromos, con muchas fotos, un reportaje sobre el médico Tulio Bayer quien se había instalado en la selva para organizar un grupo subversivo. El autor del artículo debió ser poco crítico de esa iniciativa pues para mí Bayer quedó grabado como un héroe que se sacrificaba por los desposeídos. Era la época marcada con gran intensidad por la guerra fría: crisis de los misiles de Cuba, forcejeo entre los gobiernos de los EEUU y la URSS con angustia familiar escuchando la radio y, poco después, el asesinato del presidente norteamericano que había visitado Bogotá con su célebre esposa para cambiarle de nombre al Barrio Techo y convertirlo en Ciudad Kennedy con el impulso de la Alianza para el Progreso.


En un detallado relato publicado en 2017 sobre Pedro Baigorri, peculiar chef cocinero vasco que tras trabajar para Fidel Castro vino a colaborar en la creación de un frente guerrillero con Tulio Bayer en el Vichada, el antropólogo y cronista Marco Tobón, alaba la “indignación  que lo carcomía por dentro al presenciar el maltrato a los indígenas y el hambre generalizada”. Las injusticias lo habían llevado a “alzarse en armas junto a un grupo de guerrilleros campesinos liberales”. A este nuevo Robin Hood lo describe Tobón como “médico cirujano, impugnador de injusticias, intelectual enérgico y combatiente selvático guiado por quijotescos designios justicieros”. 



Algo parecido debí percibir en el relato que leí en aquella revista hace varias décadas. El periodista de esa época, sin embargo, no tenía ni una pequeña fracción de la información, la perspectiva y los elementos de juicio para evaluar al mítico personaje. En particular, no había hablado con personas que conocían de muy cerca a Bayer. Por un lado, su compañero en ese inicio de lucha armada: William Ramírez Tobón, convertido después en profesor de Ciencia Política de la Universidad Nacional, luego investigador del CINEP, y por otra Alfredo Molano, celebre cronista del conflicto colombiano. Ellos y Bayer, según Tobón, llegaron “a encontrarse y establecer vínculos de complicidad” para aventurarse “en las intensas encrucijadas políticas de Colombia”.


Los recuerdos de William Ramírez sobre Bayer son reveladores. Ante la falta de mercado y provisiones, un contacto del médico insurgente le traía botellas de whisky y cigarrillos. “Yo empecé a percatarme que el hombre estaba alcoholizado. Se la pasaba bebiendo y fumando todo el día”. En las noches mantenían lo que el líder llamaba charlas estratégicas “que con el tiempo aprendimos a percibir que solo era una habladera de mierda de Tulio Bayer toda la noche, borracho y fumando sin descanso”. Preocupado porque el médico improvisaba, no era serio y por ende los podrían matar a todos, le dijo a su compañero Baigorri  “¡Hermano, lo que debemos es hacerle un juicio, ese güevón está arruinando todo!”. Los iluminados que pretenden salvar al pueblo son casi siempre unos irresponsables de pacotilla. 


En ese ambiente lleno de desconfianza y tensiones, sin comida ni manera de conseguirla, el cocinero vasco que “se las daba de gran cazador” propuso salir a buscar qué comer. Aunque al principio Bayer no estuvo de acuerdo, al final aceptó. En un momento se separaron y poco después Ramírez sintió que el médico le estaba apuntando. “Alcancé a saltar y me lancé por un barranco cuando escuché el disparo. Evidentemente Tulio me quería matar… salí corriendo a buscar a Pedro… ¡el hijueputa de Tulio se había enloquecido … O le hacemos un juicio o él mismo acaba con nosotros”.


Después de ese intento de asesinato que Bayer negó, Ramírez y el vasco se fueron “dejando a Tulio en la soledad de sus delirios”. Viajaron a Bogotá y al llegar supieron que Bayer había logrado que el periódico El Tiempo publicara una furiosa carta contra ellos acusándolos de una “conspiración para acabar con su vida”.



Parece increíble que este relato de primera mano sobre el Tulio Bayer alcohólico, demente y virtual asesino esté unas páginas antes en el mismo libro de Marco Tobón quien termina no solo condonando sus excesos sino alabando su arrojo y loable sacrificio por la noble causa contra la oligarquía que mantiene en la miseria a los campesinos.   Para completar, el mismo cronista aventura un diagnóstico de por qué en aquella época individuos de esa calaña eran admirados y acumulaban seguidores. “Era preferible ser un borracho pero sin fluctuaciones ideológicas, pendenciero y bravucón, pero sin fisuras doctrinarias, charlatán, pero sin promiscuidades conceptuales. La determinación política era un baluarte innegociable”. 


Años después, otro admirado borrachín y consagrado criminal, Jaime Bateman Cayón, vendría a demostrar que ni siquiera coherencia ideológica se requería para que los excesos y la violencia con fines políticos fueran toleradas y hasta aplaudidas por cierta élite intelectual.  




Crisis de los Misiles, por Raymond Aaron


Tobón Marco (2017). Baigorri. Un vasco en la Guerrilla Colombiana. Txalaparta

lunes, 4 de octubre de 2021

Pazología santista explicada por su autor

 Publicado en El Espectador, Octubre 7 de 2021


Si tuviera que recomendar un sólo libro para entender las limitaciones del proceso de La Habana y el acuerdo final sería  La Batalla por la Paz de Juan Manuel Santos. 


Tenía en mora la lectura de esta obra clave para ilustrar los errores de diagnóstico, la falta de realismo y la ingenuidad política y penal al negociar con curtidos extorsionistas de “la guerrilla más antigua del mundo”. Difícil encontrar un libro colombiano mejor respaldado por estrellas políticas globales: prólogo de Felipe González con recomendaciones de Tony Blair, Bill Clinton y Barack Obama.


Lo más llamativo es el esfuerzo por minimizar el papel de su mentor y luego archienemigo Alvaro Uribe. Santos prefirió expresar gratitud y respeto al papa Francisco por impulsar la paz en Colombia. De 32 fotografías incluídas en el libro, con muchos personajes que dizque contribuyeron a la paz -Hugo Chavez, Fidel Castro, Donald Trump y la cúpula fariana- solo dos aluden al gobierno que lo precedió. Una con Ingrid Betancourt tras la Operación Jaque, “golpe maestro, operación perfecta” y otra dándole la mano a su antecesor con una lúgubre aclaración: “Hacía años que Uribe  -desde cuando había decidido calificarme como traidor y aplicarme su implacable oposición- no pisaba la Casa de Nariño. Luego de un saludo amable pero frío tuvimos una reunión”. 


A esos dos grandes temas Santos le dedica sendos capítulos en su repaso de los cuatrienios durante los cuales las muertes violentas se redujeron del máximo histórico de 77 homicidios por 100 mil habitantes en 2002 a una séptima parte de esa cifra en 2010. Ese ahí cuando, según este premio Nobel, habría empezado la verdadera pacificación del país.  


La tradicional revisión histórica de la violencia que azota a Colombia desde su “nacimiento republicano” está salpicada de anécdotas personales, como la protagonizada por unas “aguerridas mujeres liberales” que incluían a “mi madre, mi tía Helena y María Paulina Nieto, abuela de Sergio Jaramillo”. La vocación por lidiar con la guerra, ala, runs in the family. 


El capítulo más revelador de la obra describe el momento en el que una iluminada élite capitalina decide asesorarse de negociadores internacionales para superar la ruda pretensión de ganar una guerra antisubversiva militarmente. En 1996, en una comida con el presidente de la Asociación Nacional de Industriales y el embajador español pensaron en “un gurú en la materia, que aportara nuevas ideas”. Contactaron a Adam Kahane, ex directivo de la Shell y “experto en resolución de conflictos” con destacado papel en el proceso sudafricano. Gracias a sus contactos con Harvard consiguieron al reputado maestro, cuya agenda estaba copada. Como uno de sus compromisos era en Brasil podría pasar por Bogotá. Esa ventana de oportunidad era estrecha: daba poco tiempo para “reunir a todos los actores del confilcto colombiano”. 


La Fundación Buen Gobierno encaró el desafío. Fue tan eficaz que mereció una felicitacion de Kahane: ”ustedes lograron en tres semanas lo que en Sudáfrica demoró quince años: sentar alrededor de una mesa los actores del conflicto”. 


La enumeración de los asistentes a esa reunión con la que se iniciaba el largo camino hacia la verdadera paz y luego al premio Nobel deja a cualquiera boquiabierto. Alfonso López Michelsen, Rodrigo Pardo, Juan Carlos Esguerra, Augusto Ramírez, Luis Fernando Jaramillo, Rodrigo Rivera, “la cúpula de la Iglesia y de las Fuerzas Militares y Antanas Mockus”. Hubo representantes de asociaciones campesinas, empresarios rurales, industriales y sindicalistas, académicos, políticos y militares retirados. También “participaron representantes o simpatizantes de las autodefensas y –vía telefónica- Felipe Torres y Francisco Galán del ELN, desde la cárcel de Itagüí, con Raúl Reyes y Olga Marín de las Farc desde Costa Rica”. Narcos, variadas mafias, sicarios, pandillas urbanas e intervención extranjera poco tenían que ver con el conflicto.  


El único pincelazo de la guerra sucia en ese histórico encuentro es cuando Aída Avella rehusó sentarse con Víctor Carranza porque la había “mandado matar en cinco ocasiones”. Santos reviró que para evitar la sexta “vaya y siéntese”. 


Tan reveladora de la trascendencia de esta asamblea multitudinaria es la descripción de su organizador: “Nunca antes se había logrado una convocatoria tan amplia, tan diversa y tan exitosa de sectores de la sociedad colombiana, muchos de ellos absolutos contradictores o enemigos, en aras de un acercamiento al fin del conflicto”. La paz, según esta nueva visión, se logra con víctimas disuadiendo victimarios. La represiva justicia penal se vuelve redundante para los elegidos por él. 


Santos veía la violencia colombiana como secuela del desacuerdo ideológico dentro del establecimiento que frenaba el desarrollo. Desde aquel entonces, en la pazología santista primaron la criminología progresista de salón, los beneficios económicos de la paz rural con coaching experto sobre el perdón, la transición desde una guerra civil o la inclusión de cualquier minoría, todo adobado con irrespeto a la constitución y propaganda a tope. 

martes, 28 de septiembre de 2021

Alemán matoneado por española

Publicado en El Espectador, Septiembre 30 de 2021

Por causalidad me enteré de un conflicto de pareja que desafía varios estereotipos de la mujer víctima universal pregonados desde el fanatismo. 


Conocí a Frank por Libry, una amiga barranquilera, brillante y polifacética abogada que ejerce en Barcelona. “¡Tienes que hacer públicos los atropellos contra un hombre bondadoso que sólo quiere que le dejen ver a su hija!”. Hablé largo con él y lo primero que pude constatar fue simpatía, tranquilidad, serenidad, una total falta de rencor y amargura contra Lucía, española nacida en Cataluña con la que mantuvo una traumática relación, que le secuestró a la hija y varias veces lo ha denunciado falsamente de agresiones. Le han puesto multas y lo han detenido pero siempre ha sido absuelto. “En la última, el juez le pidió disculpas por las injusticias anteriores, una vaina nunca vista”, anota Libry.  



De padres separados, Frank se casó, tuvo hijos muy joven y su primer matrimonio falló cuando “se cortaron los canales de comunicación” y no supieron “tramitar los desacuerdos” por el trabajo de ambos y la crisis económica.  En un portal de encuentros conoció a Lucía, tuvieron un romance de seis meses por chat y él viajó a buscarla a Barcelona para llevarla a vivir a Berlín, donde trabaja como arquitecto. Ella era funcionaria encargada de formar jóvenes en un programa del ayuntamiento. 


Sólo después de vivir con ella, Frank supo que Lucía era lesbiana y había tenido tres relaciones largas con mujeres. En la última, con una policía que la maltrató y golpeó, habían tratado de tener un hijo por inseminación artificial que falló. Al separarse, Lucía busó ser madre soltera pero tampoco lo logró. La hija con Frank nació en Berlin y los primeros años fueron de relativa tranquilidad, aunque ella nunca se adaptó: no aprendió alemán y a pesar de tener muchos proyectos en mente, que cambiaban con inusitada frecuencia, no logró sacar ninguno adelante por no querer emprender la capacitación requerida. Por ejemplo, cuando quiso dedicarse a hacer planos arquitectónicos en 3-D, se puso furiosa porque Frank le recordó que para eso necesitada estudiar y entrenarse por lo menos durante dos años.


A lo largo del matrimonio tuvieron discusiones recurrentes relacionadas con la reticencia de Lucía a contribuír para los gastos del hogar. Estaba siempre a la espera del trabajo ideal que nunca llegó. Él soportaba mal sus frecuentes cambios de planes sobre lo que le gustaría hacer con su vida. A pesar de esas desavenencias, Frank recuerda con precisión el día en que su matrimonio se vino a pique súbita y definitivamente. Él estaba dormido y roncaba. Lucía le hundió un dedo en el ojo y él, asustado, se despertó tratando de quitar con su brazo lo que le molestaba tanto. Ella inmediatamente le dijo que le había hecho un daño muy serio y amenazó con denunciarlo por haberla golpeado. Desde ese momento el comportamiento de ella cambió. Empezó a repetir con insistencia que quería devolverse con su hija para España.


Una hipótesis de Frank sobre las verdaderas razones de Lucía para separarse fue el cambio de barrio donde vivían en el centro de Berlín hacia uno a las afueras de la ciudad con mayor interacción con otras familias. “Se sentía incómoda. Para ella siempre fue importante comparar nuestro nivel de vida con el de los demás”. El otro punto que le molestó fue constatar que después de siete años de vivir en Alemania aún no podía mantener una conversación corriente en la lengua que nunca aprendió.  


En síntesis, ante la dificultad de adaptarse a un ambiente de trabajo serio y exigente, apenas tuvo la oportunidad Lucía consideró más cómodo y expedito devolverse a España con su hija alegando que era víctima de un hombre violento. 


Tras el incidente del ronquido y el ojo pasaron dos meses tensos antes de un viaje a España para fin de año con la familia de Lucía. Para Frank el viaje fue una pesadilla. Dos días antes de Navidad, frente al supermercado, ella le quitó las llaves del carro alquilado y ante un transeúnte hizo un gesto señalando que su marido la iba a golpear. Se fue sola con su hija a casa de su madre, donde se encerró. Frank durmió en un hotel. En medio de discusiones por chat sobre la necesidad que ella le devolviera las llaves del carro él le pidió que negociaran los términos de la separación, pero a partir de ahí todo pasó a hacerse en los juzgados. 



Abundan juristas sin escrúpulos que viven de procesos de divorcio temerarios promovidos por mujeres caprichosas, mediocres y sin principios que dicen ser dominadas y maltratadas por algún hombre. Frank volvió con su primera esposa y recuperó la custodia de su hija gracias a Libry, una compatriota de bandera.