martes, 5 de enero de 2016

La teoría de género y sus estragos

Publicado en El Espectador, Enero 7 de 2016
Columna después de las gráficas






El Dr Money y el niño sin pene


Una teoría propuesta para transexuales –menos del 1% de la población- fue generalizada a la ligera y manipulada por feministas lesbianas. Ahora despista o irrita a mucha gente.
En los años cincuenta, el sexólogo John Money acuñó el término “roles de género”. Su interés eran los intersexuales, entonces hermafroditas. El género permitía separar la identidad sexual del sexo biológico ante una anatomía ambigua al nacer. Como psicólogo conductista, Money planteó que la educación hace al hombre y a la mujer. Cuando presentó en la TV su teoría, respaldada por una femenina y convencida transexual, Janet y Ron Reimer vieron allí la salvación para su hijo Bruce que, recién nacido, quedó sin pene por una circuncisión malograda. Contactaron a Money, quien los convenció de que Bruce podría ser criado como mujer. Bastaba la educación apropiada y unos ajustes quirúrgicos. Crecería junto a su hermano gemelo Brian, demostrando que el género se construye.
Según la teoría de Money -extensión apresurada de casos excepcionales- todas las personas nacen neutrales con una “puerta al género” abierta por unos años; la oportunidad para probarla eran esos dos gemelos, idénticos al nacer pero uno criado como mujer. Con asesoría de Money, Bruce fue castrado para no producir hormonas masculinas y obligado a crecer como Brenda sin decirle que había nacido hombre. A principios de los setenta Money publicó el caso con los seudónimos de John y Joan. La historia y la teoría ganaron fama de inmediato.
El experimento no funcionó. Aún sin pene, Brenda era masculina, odiaba los vestidos de niña, le gustaban los juguetes de su hermano y hacía deporte con él. No tenía amigas. En lugar de reconocer su error, Money intensificó el tratamiento. Se empeñó en persuadirla y hasta le prometió una vagina. A pesar de las hormonas que le recetó y unos pequeños senos, su voz, espalda y cuello seguían siendo de hombre. A los 13 años su padre le contó la verdad y ella sintió un gran alivio, dejó de sentirse desequilibrada. Inmediatamente empezó a vivir como David. Revirtieron el tratamiento hormonal y con la compensación por la circunsición mandaron reconstruir su pene. Se casó joven y adoptó un hijo. Su salud mental se deterioró hasta una depresión severa que terminó en suicidio.
Esta víctima del género no se hizo pública y la teoría sobrevivió. Encajaba en el célebre postulado de que la mujer se hace. Era la prueba que buscaban las feministas para acallar cualquier pretensión de diferencias naturales entre hombres y mujeres, quedaba claro que nacían iguales y la sociedad las discriminaba. Por la época en que Brenda no hallaba su género, Gayle Rubin, antropóloga cultural, feminista, lesbiana, aparentemente trans, publicaba el que sería un influyente ensayo sobre la dicotomía sexo género. Rubin pretendió identificar los mecanismos sociales, históricos y culturales que producen la heteronormatividad. Adobado con Marx, Engels, Freud y Lacan sugirió un programa político “para eliminar las sexualidades” en una sociedad andrógina. En poco tiempo, feministas académicas gringas, buena parte lesbianas, lograron aclimatar la teoría de género como “el complejo proceso mediante el cual infantes bi sexuales se transforman en dos géneros, masculino y femenino, uno destinado a dominar y el otro a obedecer”. El volantín mental requerido para hacer una inferencia del 1% de transexuales, que nacen así, a toda la población no impidió que se propagara la alucinante doctrina detrás del feminismo de género y el discurso LGBT. En Colombia hay activistas que, sin rubor, insisten que el género es algo que “asigna” el sistema junto con una “norma” heterosexual arbitraria, que se puede alterar. Con esa fábula han sido embaucados burócratas y educadores.
Hace unos meses, ante un llamado del papa Francisco, cientos de miles de italianos salieron a protestar por la educación basada en esa ideología. El “día de la familia” se organizó contra la difusión de la teoría de género en las escuelas. "Decimos no a cualquier forma de educación que niegue las diferencias sexuales" exclamó uno de los manifestantes. Como se trata de católicos azuzados por el pontífice, que también se oponen al aborto y al matrimonio igualitario, es fácil para intelectuales de vanguardia ignorarlos por fanáticos. Pero en algún momento los mismos científicos evolucionistas que, con retraso, tratan de controlar los estragos del creacionismo en la enseñanza gringa, apoyarán manifiestos contra la disparatada idea de que todos los hombres podemos ser Brendas, y todas las mujeres Gayle Rubin.

REFERENCIAS

Bartky, Sandra Lee (1990) Feminity and Domination. Studies in the Phenomenology of Oppression. NY: Routledge. Citado por Sommers (1994) p. 277

BBC (2014). "Dr Money and the boy with no penis". Youtube


Moet, Sophie (sf) "Nature V Nurture: David Reimer Case". Blog 

Montagna, Diane (2015). “Hundreds of Thousands of Italians Hit Streets to Protest Gender Theory Education”,  Aleteia, June 22

Rubin, Gayle (1975): "The Traffic in Women: Notes on the Political Economy of Sex" in Reitter, Rayna (1975). Toward an Anthropology of Women. New York: Monthly Review Press. Versión digital   Traducción de 1986

Ruiz-Navarro, Catalina (2015). “El nombre de la rosa”. El Espectador, Jun 10 

Sommers, Christina Hoff (1994). Who Stole Feminism? How Women Have Betrayed Women. New York: Simon & Schuster

sábado, 26 de diciembre de 2015

martes, 22 de diciembre de 2015

El espíritu navideño y sus enemigos

Publicado en El Espectador, Diciembre 24 de 2015









REFERENCIAS

Schwartz, Barry, Andrw Ward, John Monterosso, Soni Lyubomisky, Katherine White & Darrin Lehman (2002). "Maximizing Versus Satisficing: Happiness Is a Matter of Choice". Journal of Personality and Social Psychology, Vol 83, Nº 5, 1178-1197

Schwartz, Barry (2014). "The Paradox of Choice - Why More is Less". Resumen ejecutivo del libro 


Schwartz el Hereje
Milton Friedman nos engañó


miércoles, 16 de diciembre de 2015

Universidad y violencia sexual

Publicado en El Espectador, Diciembre 17 de 2015
Reproducción de la columna después de las gráficas








Las universidades colombianas deberían y podrían jugar un papel decisivo contra la violencia sexual. 

Nuestra justicia penal no se caracteriza por su eficacia. Un factor de impunidad es la dificultad para identificar delincuentes y aclarar crímenes que casi no se denuncian porque las víctimas saben que si llegan ante las autoridades sin señalar al autor, el caso fenece. Sólo cuando en la denuncia mencionan un sospechoso hay chances de que la justicia lo investigue, acuse, juzgue y condene. 

Según la Encuesta Nacional de Demografía y Salud (ENDS) 5.3% de las colombianas han sido forzadas físicamente a tener relaciones sexuales. El 72% de los violadores serían “sindicados conocidos” de quienes la agredida sabe nombre, tal vez dirección y mucha información para armar un expediente. La ENDS no averiguó la reacción de las víctimas y las encuestas de victimización recientes no incluyeron la violencia sexual, pero una investigación realizada entre estudiantes de universidades bogotanas muestra que las denuncias por violaciones, incluso con victimario conocido, son bajas, bajísimas. De 24 universitarias -5% del total- violadas alguna vez por un “amigo, compañero o novio”, una sola denunció el hecho. Esta tasa es 14 puntos inferior a la del total de delitos en Bogotá, ya históricamente baja, y un tercio de la observada en EEUU hace dos décadas con cualquier agresor sexual. El dato desconcierta pues las víctimas conocen a sus atacantes y no deberían enfrentar los tenaces dilemas que surgen cuando el violador es un familiar. Queda claro que la respuesta generalizada es el silencio, pero con una muestra tan pequeña es imposible averiguar por qué no se denuncia la violencia sexual grave.

Los victimarios dan otra visión de la situación universitaria, con incidencia más baja de violaciones (2%) y proproción de denuncias mucho mayor. Entre los estudiantes que admiten haber violado a una amiga o compañera, casi la mitad señala que fue denunciado, un porcentaje diez veces superior al reportado por las víctimas. Parecería que cuando agredida y agresor se conocen hay discrepancias entre lo que ella y él consideran un ataque sexual. 

Algo anda mal cuando las colombianas más educadas, con acceso a abogados, familiarizadas con el feminismo, no denuncian violaciones que sus compañeros aceptan haber cometido. Las fallas de la justicia deben ser protuberantes para que, sabiendo quien fue el agresor, las víctimas universitarias decidan echarle tierra al asunto. Una colega que hace años participó en una investigación sobre delito sexual en Bogotá recuerda preguntas como “¿puede explicar al juzgado por qué después del acto usted no se colocó nuevamente su ropa interior?”. Eran casi intimidaciones adrede para quienes osaran denunciar una violación. “No sé qué tanto hayan cambiado las cosas pero de  mi parte no denunciaría” remata quien ha estudiado el entorno. La reciente absolución del pastor Álvaro Gámez, con alucinantes historias de alcahuetas que presuntamente le reclutaban seguidoras en nombre de Dios, recuerda escenarios de acoso y violencia difusos, ambiguos y difíciles de aclarar, por lo tanto aún más esquivos para la justicia.

Ante tal impunidad, incompatible con el propósito de reducir la violencia sexual, las universidades podrían asumir el liderazgo en la tarea de escrutar rigurosamente las agresiones, establecer prioridades, y refinar los estándares del consentimiento sexual entre personas adultas. Allí están los insumos para desarrollar ese complejo saber judicial: facultades de derecho, centros de pensamiento sobre género y un activo mercado de parejas. Para profundizar y aterrizar un debate a veces utópico y, sobre todo, para aprender a investigar los ataques sexuales sin ofender a la agredida, se podrían  discutir e incluso juzgar los incidentes entre estudiantes con tribunales propios que velen por el reglamento interno. En coordinación con los servicios de bienestar estudiantil y empezando por quienes no se acercan a la justicia oficial cuando las violan, las universitarias acosadas o atacadas podrían acudir a una instancia disciplinaria cercana a presentar sus quejas. Los presuntos victimarios se defenderían sin costosos abogados y jurados estudiantiles sopesarían todas las aristas de esos incidentes, con mecanismos para guardar el máximo anonimato posible de las partes enfrentadas. 

No se trata de invadir la jurisdicción penal, ni de privatizar la justicia, sino de formalizar el trámite de algunas infracciones serias al reglamento universitario. Estos procesos dejarían “jurisprudencia”, conocimiento aplicado y evaluación de la eficacia de las sanciones, una caja de herramientas más útil contra la violencia sexual que ampliar minuciosamente su definición o buscar endurecer, en el papel, leyes ilusorias cuya aprobación parece ahora depender de congresistas sensibilizados con pintalabios. 


REFERENCIAS

CCB (2015). “Encuesta de Percepción y Victimización, primer semestre de 2015”

Cámara de Comercio de Bogotá


EDG (2015) “Encuesta de Discriminación por Género”. Bogotá, Universidad Externado de Colombia


LA ENCUESTA A ESTUDIANTES 

La encuesta EDG se realizó entre Mayo y Junio de 2015 con los estudiantes del curso de Análisis Económico del Derecho (AED), en la Facultad de Economía de la Universidad Externado de Colombia. Aquí se pueden ver los formularios –uno para mujeres y otro para hombres- que se colgaron en internet para que los diligenciaran, de manera privada y anónima, estudiantes del Externado y de otras universidades bogotanas. La encuesta la respondieron finalmente 497 mujeres y 337 hombres.

Para la elaboración del formulario de la encuesta, los estudiantes del curso de AED realizaron previamente una serie de entrevistas con las que se identificaron y definieron los incidentes que finalmente se incluyeron en el formulario.

El “link” a la encuesta se envió luego a las universidades en las que tengo algún contacto. Participaron en Bogotá, fuera del Externado, Los Andes, la Javeriana, el Rosario, la Tadeo y la Nacional.

El análisis de los resultados será publicado como Documento de Trabajo de la Facultad de Economía del Externado y utilizado como material de ese curso y como base para ejercicios similares posteriores.


Agradezco la participación en este proyecto de los siguientes estudiantes de Economía del Externado: Andrea García, Angelica Niño, Blayer Giraldo, Camila Camaño, Camila Parra, Carolina Ulloa, Daniel Ospina, Juan Pablo Monroy, Julio César Daly, Laura Delgado, Leonardo Quintana, Luisa Sarmiento, Manuel Caro, Manuela Acosta, Michael Rivera, Natalia Reina, Nicolás Mesa, Orlando Romero, Paula Martínez, Santiago Plata y Sebastián Moscoso.


También agradezco la colaboración en difundir el link a Ana María Ibañez, Juan Camilo Cárdenas, Javier Forero, Jaime Tenjo y Patricia Montañez.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

Cómo tener un hijo gay

Publicado en El Espectador, Diciembre 3 de 2015





En algunos hogares progresistas un hijo homosexual debe ser un antojo; en los conservadores, la maldición. La tecnología para elegir existe, no es de punta pero sí costosa: en recursos, riesgo y dilemas.


Si se quiere un retoño gay, la mejor opción es tener previamente varios hijos varones. La familia pequeña disminuye ese chance. El dilema entre contracepción y homofobia se descubrió hace décadas al observar que los homosexuales reportaban sistemáticamente más hermanos que quienes no lo eran. El mismo patrón aparecía en las estadísticas históricas de algunos países. Después se constató que la asociación no es con los hermanos nacidos después, ni con las hermanas, mayores o menores. A las mujeres no les pasa: nacer lesbiana es independiente de la fratría. Por tratarse de la secuencia de nacimientos y no del tiempo vivido con la familia se descartaron factores educativos. La influencia de los hermanos mayores persiste al crecer separados, no se da entre medio hermanos, ni con adoptados. Todo apunta a un efecto biológico del historial de embarazos.


Una hipótesis consistente con todas estas observaciones es la de una reacción inmunitaria de la madre gestante. Con embarazos masculinos sucesivos, cada embrión actuaría como un cuerpo foráneo que secreta más proteínas invasoras que un embrión femenino. Esta “inmunización maternal progresiva” por acumulación de anticuerpos es similar a la del factor Rh+ de un embrión sobre la madre Rh negativa.  El primero de esos hijos nace casi sin complicaciones pero los siguientes sufren rechazo de un entorno alterado por gestaciones anteriores. “Las madres embarazadas de un niño que ya han tenido hijos antes, producen anticuerpos contra proteínas masculinas aún no identificadas y esos anticuerpos afectan el desarrollo de ciertos aspectos del cerebro implicados en la determinación de la orientación sexual”. Aún no se sabe qué otras características de la sexualidad se afectan por este “orden de nacimiento fraternal”. Ray Blanchard, investigador canadiense que lidera estos estudios, estima que cada nuevo hijo tiene 30% más de chances de ser gay que el anterior y calcula que una cuarta parte de los homosexuales existentes lo son por este factor. 


La homosexualidad masculina habría disminuido con el menor tamaño de las familias. Por su veto al control natal y al aborto, la Iglesia podría haber fomentado una de sus grandes molestias; que haya sido un vínculo inadvertido no elimina, hacia adelante, la incoherencia de condenar algo que se ha promovido. 


Otra vía para tener mayores chances de un hijo gay es bien arriesgada: aumentar drásticamente la ansiedad y la angustia durante la gravidez. Por defecto, la tranquilidad cuando se espera un hijo favorece su heterosexualidad. La asociación entre condiciones prenatales y orientación sexual la sugirió el impacto de los ataques y bombardeos al final de la segunda guerra mundial sobre las alemanas embarazadas: una mayor proporción de hijos gays. Inspirado en investigaciones experimentales con ratones, el endocrinólogo Günter Dörner planteó que la homosexualidad resultaba de una ‘desmasculinización’ del cerebro de los embriones causada por excesivo estrés materno. Hizo el seguimiento a un grupo de gays para averiguar si sus madres habían sufrido incidentes tensionantes antes de que ellos nacieran. Encontró un máximo atípico y significativo de homosexuales en las cohortes nacidas en Berlín entre 1942 y 1946. El pico era transitorio y correspondía a los embarazos ocurridos cuando acababa la guerra. 


Trabajos posteriores para contrastar esta hipótesis encontraron que el estrés debe ser severo. Un trasteo, exceso de trabajo, enfermedad o muerte de una persona cercana no bastan. Ya se identificó la endocrinología del efecto: el nivel elevado de cortisol por estrés excesivo de la embarazada alteraría la producción de ciertas hormonas fetales. Con esta teoría, cabe especular si el aparente aumento del número de homosexuales en Colombia podría ser otra secuela de la violencia y el conflicto armado: las tensiones sin duda han sido extremas para muchas mujeres.


Afectar la orientación sexual de un futuro hijo es demasiado costoso y las familias seguirán prefiriendo la contracepción y unos pocos embarazos sosegados. Ojalá la militancia, siempre alerta y susceptible, no perciba aquí una conspiración que, esta vez, no se le puede achacar a la extrema derecha de guerreristas con muchos hijos, como Dios manda. Es una paradoja bien cruel que la homofobia recalcitrante provenga de quienes, sin saberlo, han cultivado con esmero condiciones favorables para que nazcan bebés gays. 



Bailey, Michael, Lee Wilkerman & Carlton Parks (1991). "A Test of the Maternal Stress Theory of Human Male Homosexuality". Archives of Sexual Behavior, Vol 20 No 2


Balthazart, Jacques (2010). Biologíe de l’homosexualité. On naît homosexuel, on ne choisit pas de l´être. Wavre-Bégica: Mardaga



Blanchard, Ray & Anthony F Bogaert (1996). “Homosexuality in men and number of older brothers”. The American Journal of Psychiatry; Jan; 153, 1



Blanchard, Ray (2001). “Fraternal Birth Order and the Maternal Immune Hypothesis of Male Homosexuality”. Hormones and Behavior 40, 105–114 (2001)



Cantor, James, Ray Blanchard, Andrew D. Paterson&  Anthony F. Bogaert (2002). “How Many Gay Men Owe Their Sexual Orientation to Fraternal Birth Order?”. Archives of Sexual Behavior, Vol. 31, No. 1, February, pp. 63–71



Ellis, Lee, Ashley Ames, William Peckham & Donald Burke (1988). "Sexual orientation of human offspring may be altered by severe maternal stress during pregnancy" The Journal of Sex Research. Vol 25 Nº 1 pp. 152-157



Rahman, Qazi & Glenn D.Wilson (2003). “Born gay? The psychobiology of human sexual orientation. Review”. Personality and Individual Differences Vol 34, 1337–1382



Swaab D. F. (2014). We Are Our Brains: A Neurobiography of the Brain, from the Womb to Alzheimer's. New York: Random House



Weinstock, Marta (2008). “The long-term behavioral consequences of prenatal stress”. Neuroscience and Biobehavioral Reviews, Elsevier

martes, 1 de diciembre de 2015

Clasismo con sexismo, un revuelto desolador

Publicado en El Espectador, Diciembre 3 de 2015



Con una memorable columna, “Los domingos son de rabia”, Tatiana Acevedo puso el dedo en una llaga tan vergonzosa como silenciada: el clasismo con las empleadas domésticas. 


Un recuerdo imborrable de mi juventud es sobre ese “saber arquitectónico viejo, agazapado” de los “cuartos de servicio” que menciona Tatiana. En la presentación de los planos de una casa, el arquitecto, futura eminencia, anotó sin inmutarse que el área detrás de la cocina era “para las vacas”, riéndose solo de su patético chiste. Ante pifias así, la situación ha mejorado. Pero las especificaciones de esa zona de las viviendas reflejan retroceso: el bárbaro de hace años al menos concebía “cuartos de muchachas” aptos para personas. 


Hay optimistas que ven en la evolución del término, desde sirvienta hasta empleada, asistente o colaboradora, un avance. Yo veo una corrección cosmética. La informalidad sigue, las condiciones del internado que queda son objetivamente más precarias y, sobre todo, persiste el trato paternalista, confianzudo, abusivo o displicente, a veces despectivo, pero siempre malsano. El arreglo no es asimilable a un contrato laboral moderno. 


No faltó el comentario mamerto a la columna: la explotación de estas mujeres sería como lo que “hacen nuestros empresarios con sus trabajadores”. Gran confusión, eso no es proletariado. La disponibilidad incondicional, a veces sin horario, el patronazgo colegiado, incluso infantil, la relación servil, son peculiaridades del trabajo doméstico, no obrero. La actitud de la izquierda hacia esas asalariadas siempre me ha intrigado. Para ellos no existen como votantes y ni siquiera es obvio que las respeten. Nunca fueron “camaradas” ni “compañeras”, simplemente las ignoran, aunque recurran a sus servicios, no siempre con todas las de la ley. En una indagación informal de oficina descubrimos que entre más a la izquierda, menor reconocimiento de prestaciones sociales domésticas. 


Desconcierta aún más tratar de enmarcar estas mujeres en el discurso que reivindica los derechos femeninos. Se diserta sobre igualdad, empoderamiento, estereotipos de género y se acepta sin chistar que una mujer haga todo el oficio de la casa, el temido esquema patriarcal pero reforzado con la familia sentada a la mesa mientras la responsable de cocinar come aislada en su butaco; o sirve ocasionalmente plato recalentado para quienes llegan tarde y borrachos. Estas escenas, casi montajes adrede promoviendo el sexismo, no son anacrónicos, todavía ocurren con bochornosa frecuencia. Que hayan disminuído no basta, deberían desaparecer. 


Compartí el escrito con mi lista de correos. Llegaron dos tipos de respuestas: varios “tiene toda la razón” de residentes en el exterior y, más escasos, “las cosas han mejorado”. Salvo con extranjeros o emigrantes, nunca es fácil hablar de la institución; a veces una simple alusión genera molestia, como si hubiera ánimo de conspiración, más grave que la intención de sonsaque. Hay un pequeño sector que se declara víctima de la ayuda doméstica y estuvo representado en el foro de la columna por una dama que hace alusión, entre un rosario de contrariedades, a la complicidad de las empleadas con la delincuencia, un cargo que sería tan absurdo generalizar como silenciar por completo. 


El énfasis de Tatiana en la arquitectura sugiere una intervención: negarle la licencia de construcción a proyectos con habitaciones o baños palpablemente discriminatorios. La reglamentación urbana, entrometida en mucho resquicio, no puede seguir permitiendo tales esperpentos en el diseño de viviendas. Los pagos en especie y el uniforme están en mora de extinción. El régimen laboral específico da mala espina. La figura de interna, la más caduca y problemática, debería tener un sobrecosto salarial que sume la imposibilidad de estudiar, la dificultad para emparejarse y secuelas mentales como la adopción de roles de género y clase social por empleadas, patrones y patroncitos. 


El mensaje subliminal para menores que conviven, crecen y se forman con ciudadanas que ven de segunda y mangonean a su antojo es funesto, y sería insensato seguir desdeñando sus secuelas. Tal vez así es como se aprende en Colombia la discriminación más protuberante, el clasismo, que se potencia al revolverla con la de género. Sin mayor esfuerzo, a domicilio, cotidiana, latente, queda interiorizada. Para que la tara no se reproduzca y perpetúe calladamente, como nos pasó a muchos, lo mínimo es convertirla en tema recurrente de discusión. 


En sus anotaciones a la columna, Lira, que fue interna “desde muy jovencita en casas de familia” y emigró a EEUU, señala la diferencia con lo que ocurre allá. En mayúsculas, como gritando, anota “AQUI NO HAY CUARTO Y BANIO DE SERVICIO. AQUI HAY HABITACIONES Y BANIOS PARA LAS PERSONAS QUE VIVEN EN LA CASA”. Aún desde lejos, algunos domingos efectivamente son de rabia.







Acevedo, Tatiana (2015). "Los domingos son de rabia". El Espectador, Nov 28.

Algunos comentarios son jugosos y complementan la columna. Vale la pena leer a Lira, que sabe lo que sufrió, a Karissa, pobre señora que uno no entiende cómo ha aguantado y a eradelhielo, irredimible.

martes, 24 de noviembre de 2015

Animales gays

Publicado en El Espectador, Noviembre 26 de 2015





REFERENCIAS

Bagemihl, Bruce (2000). Biological Exuberance: Animal Homosexuality and Natural Diversity. New York: St Martin’s Press 

Balthazart, Jacques (2010). Biologíe de l’homosexualité. On naît homosexuel, on ne choisit pas de l´être. Wavre-Bélgica: Mardaga

De Waal, Frans & Frans Lanting (1997). Bonobo. The Forgotten Ape. Berkeley: University of California Press

Gayle, Damien (2012) “Female bonobos put on 'barsexual' displays with each other to impress the alpha-lesbians”. The Daily Mail, March 2

Owen, James (2004). “Homosexual Activity Among Animals Stirs Debate”. National Geographic News, July 23