viernes, 20 de marzo de 2020

Feministas arrogantes, infames

Publicado en El Espectador, Marzo 19 de 2020
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Al afrontar circunstancias extremas, las personas se muestran como lo que realmente son. El coronavirus exacerbó en influyentes feministas una arrogancia e irresponsabilidad que ya bordeaban la infamia. 

En una columna reciente, Catalina Ruiz-Navarro reveló que para militantes aguerridas el fin justifica los medios. Avaló la destrucción del patrimonio, público o privado, con la falacia de que la única violencia nosciva es contra las personas. Anunció el fin de las manifestaciones pacíficas. “Hay un error gigantesco en creer que hay formas de protesta buena y formas de protesta mala”. Lo alegre, inofensivo y folclórico no sirve: toca incomodar, hacer daño, que las oigan, que por fin se entienda que la vida de las mujeres importa más que el amoblamiento urbano.

El mensaje es una clara invitación para que cualquier secta lunática convencida de su justa causa destruya lo que se le antoje, donde más le duela al capitalismo: torres de energía, puentes, carreteras. Siempre que no agredan a nadie, tales acciones no deben estigmatizarse como atentados o vandalismo pues son expresiones legítimas de rabia, meras “intervenciones deliberadas”, como las de mexicanas encapuchadas sobre “vidrios, monumentos, estaciones de autobús, con palos, piedras, bombas de pintura, de humo y bengalas”. En su delirio posconflicto cita desafiante una pinta callejera, “lo vamos a quemar todo hasta destruir su indiferencia”.

Poco después de esa apología de antologia, las feministas españolas salían masivamente a las calles para protestar. Reiteraban su condición de víctimas. Bajo gobierno socialista y un gabinete mayoritariamente femenino, recordaban la infinidad de pesadillas -violencia machista impune, doble jornada, desigualdad laboral, familia heteronormativa, acoso callejero, micromachismos- que agobian a las mujeres en España para horror de sus congéneres en el resto del mundo.

Había también un punto en la agenda política de Irene Montero, ministra de la igualdad: presionar la aprobación de una polémica Ley de Libertades Sexuales. Con una tarea pendiente tan trascendental, era irrelevante que la sacrificada servidora pública tuviera ya síntomas de contagio.

El gobierno socialista no consideró riesgosa esa manifestación de 120 mil personas a pesar de que la instancia europea encargada de seguir la pandemia ya hubiera recomendado “evitar actos multitudinarios” donde se registraran contagios locales, ni que Madrid cumpliera desde varios días antes las condiciones en las que ese organismo “cuestiona la conveniencia de celebrar estos actos e incluso desaconseja a la población acudir a ellos”. Mucho menos importó que la oposición señalara la irresponsabilidad de permitir las marchas. La pusilanimidad de Pedro Sánchez y su gabinete feminista fue monstruosa. “Los preparativos para los eventos siguieron con normalidad y sin ninguna información específica dirigida a la población”.

Con la zarina de la igualdad, que llegó contagiada a las marchas donde estornudó sobre otras asistentes, la también ministra socialista Carolina Darias resultó positiva en un examen que le hicieron a todo el gabinete con celeridad excepcional para un sistema médico tan colapsado que ya dejaba de hacerle la prueba a mucha gente afectada.

A principios de 2019, Pablo Iglesias, vicepresidente del gobierno, líder de Unidas Podemos y esposo de Montero, alardeaba que él, por ser feminista, “follaba mejor”. Tan espectacular adhesión pública a la militancia potenció sus prerrogativas. A pesar de vivir con una mujer contagiada, Iglesias se saltó la cuarentena, asistiendo sin ninguna protección al consejo de ministros. Los protocolos contra el contagio no son para seres moralmente superiores, comprometidos con la lucha por la equidad y los derechos de todas y todos.

Sánchez y su séquito sólo se dignaron declarar emergencia sanitaria cuando la situación era tan desesperada que en hospitales españoles ya se empezaba a hacer el triage: ese momento crítico de las guerras en que toca sacrificar a los heridos más graves para salvar a quienes tienen chances de sobrevivir. Tras la indefectible protesta siguió el salto al vacío y las cifras del contagio se dispararon.

La arrogancia y el convencimiento de que rescatar a la humanidad de un capitalismo voraz y una masculinidad tóxica exime de obligaciones, llevaron a esa casta iluminada a desconocer sus errores, que resultaron mortales, literalmente. Ojalá que tras la catástrofe viral la política y las militancias queden por fin depuradas de la soberbia, hipocresía e infamia que las contaminaron, además de la charlatanería y deshonestidad mental. En esta pandemia, China e Italia muestran más hombres infectados que mujeres, en la tercera edad la mortalidad masculina es el doble, pero nos advierten que ellas serán las más afectadas, por la desigualdad de roles.

Jia Tolentino, escritora millennial inusitadamente influyente, a años luz de Camille Paglia, pero con un sentido común inexistente entre fundamentalistas advierte que “la autosatisfacción debería hacer sonar las alarmas en el feminismo”. Igualmente destacable es su perogrullada para la búsqueda de racionalidad y democracia en los debates sobre género: “es importante instigar el desacuerdo como una condición fundamental para un discurso sano”.



REFERENCIAS

Barbancho, Javier (2019).: "Los hombres feministas follan mejor". Entrevista a Pablo Iglesias. Resumen. El Mundo, Ene 9

Bonnet, Piedad (2020). "Los nuevos fundamentalismos". El Espectador, Mzo 15

Domínguez, Iñigo (2020). “Diario de cómo un virus paró un país”. El País, Marzo 15

Gómez Urzaiz, Begoña (2020). “La autosatisfacción debería hacer sonar las alarmas en el feminismo” – Entrevista con Jia Tolentino. El País Semanal, Mzo 7

Güell, Oriol (2020). “Las marchas del 8-M se celebraron en contra del criterio de la agencia europea”. El País, Marzo 13

Gupta, Alisha (2020) “Why Women May Face a Greater Risk of Catching Coronavirus”. The New York Times, Mzo 12

López, Marcos (2020). “Pablo Iglesias se salta la cuarentena y provoca un jaleo en el Consejo de Ministros”. La Nación Digital, Marzo 14

Rabin, Roni Caryn (2020). “Why the Coronavirus Seems to Hit Men Harder Than Women” The New York Times, Marzo 2

Rizzi, Andrea (2020). “Pusilanimidad y magnanimidad en los tiempos del cólera”. El País, Marzo 14

Ruiz de Almirón, Víctor (2020). “Las ministras Montero y Darias y Abascal, contagiados por coronavirus”. ABC.es, Marzo 15


Ruiz-Navarro, Catalina (2020). “Hasta que nuestras vidas importen más que las piedras”. El Espectador, Mar 12

Statista (2020). “Distribution of Coronavirus cases in Italy as of March 12, 2020, by gender” March 13









domingo, 1 de marzo de 2020

El coronavirus y mi hija

Publicado en El Espectador, Marzo 5 de 2020
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Los asuntos familiares están plagados de confusiones sobre su alcance, persistencia, beneficios y costos no siempre privados. 



Ana, mi hija adolescente, vivió desde pequeña obsesionada por las epidemias. A los 4 años quería saberlo todo sobre la peste negra. Coleccionaba ilustraciones y mapas. Cuando viajábamos a cualquier ciudad europea preguntaba cómo habría sido en el medioevo. Siempre me pareció insólita esa curiosidad precoz pero me parecía una buena disculpa para aprender historia y geografía. 

Hace unos meses, con la misma certeza que antes mostró para decidir que quería ser actriz, cantante y luego periodista, afirmó “voy a ser epidemióloga”. Celebré sin reparos esa elección. Me alegró su vocación no solo sólida y temprana sino desligada del dinero y las aventuras lucrativas que la apasionan, como comprar ropa de segunda y venderla por internet con pingües ganancias. Le comenté que yo sabía algo del oficio pues había trabajado con profesionales de esa disciplina empírica, rigurosa, con poca cháchara e impacto social positivo. 

La inesperada elección profesional resultó efímera. Semanas después, Ana concluyó que realmente quería era trabajar con una epidemióloga que le advirtiera qué sitios, alimentos o personas evitar para permanecer sana y saludable. La joven desprendida y altruísta desvelada por la salud pública destapó una faceta egocéntrica más acorde con sus habilidades comerciales y su generación. 

La crisis del coronavirus exacerbó el desasosiego epidemiológico. Cotidianamente Ana señalaba precauciones y lugares a dónde no ir para estar a salvo. Por primera vez en su vida apreció nuestra casa rural, lejos de ciudades invadidas por turistas, donde hasta podríamos sembrar tomates. Lamentó no poder ir a muchos lugares que soñaba conocer. 

La semana pasada, llegó de su colegio una circular en la que, siguiendo instrucciones del Ministerio de Educación, solicitaban a quienes hubiesen viajado recientemente a países afectados abstenerse de visitar las instalaciones escolares durante 14 días. 

Coincidencialmente, una tía muy compinche con Ana volvía en esos días de un periplo por el Asia y se había programado un encuentro familiar el fin de semana a unas tres horas de donde vivimos. Sin sonrojarse, la sobrina cuasi activista mantuvo inalterados los planes de ágape. Incluso festejó la posibilidad de faltar dos semanas al colegio. El romántico escenario de una hija previniendo enfermedades y que sin ayudas estatales redondearía sus ingresos con negocios esporádicos se desvanecía, transformándose en empleo capitalista tradicional. Afortunadamente, la discutible cita con la amenaza viral dependía de mis servicios como chofer. En esta ocasión, la pereza de tres horas ida y vuelta por carretera fue férrea aliada de mi quijotesca defensa de la coherencia entre intenciones y acciones. 

Toda la familia, rara vez tan de acuerdo en asuntos pedagógicos, criticó mi decisión. “Eres demasiado severo, es apenas una adolescente”. Sigo sin entender por qué el gusto por el brócoli o mantener ordenado el cuarto se deben aprender desde la infancia pero evitar ser buchipluma, tener fuerza de voluntad y mantener la palabra no. Recurrí a Edward Banfield y su ensayo sobre el “familismo amoral” en una aldea italiana en los años cincuenta para reafirmar mi decisión de no alcahuetearle a Ana que “la familia es más importante que un virus”, como sostuvo impávida antes de soltar otra cursilería: “si de todas maneras nos vamos a morir, ¡mejor morir juntos!”. 

Las reflexiones de Banfield, pertinentes para Colombia, justifican intervención parental focalizada y temprana. “En una sociedad de familistas amorales, nadie defenderá los intereses de la comunidad a no ser que le convenga privadamente hacerlo. En otras palabras, la esperanza de ganar a corto plazo será el único motivo de preocupación con los asuntos públicos”.

Más que reconocer la importancia de la familia, me declaro defensor de dicha institución. Al estudiar pandillas y prostitución adolescentes tomé conciencia de las muchas dificultades y riesgos que menores de edad enfrentan al escaparse de la casa. La criminología de jóvenes es inequívoca: civilizar y transmitir valores en el hogar debe hacerse cuanto antes. Observar cómo ingleses, franceses o belgas educan a su prole, en contravía al fofo principio del libre desarrollo de la personalidad, apunta en la misma dirección.

Pero el discurso profamilia está plagado de dilemas. Y no solo porque así se transmiten prejuicios, fobias o monstruosidades como el abuso sexual: serias amenazas sociales, por ejemplo corrupción y crimen organizado, están ancladas en estructuras de parentesco sólidas, perversas, amorales, que anteponen el clan familiar al interés colectivo. “Todo por los carnales, güey”, pregona un capo mexicano en Netflix. El sur de Italia, entorno del pueblito estudiado por Banfield, resultó fértil en mafias.

Por su descache, le puse a Ana una tarea bien escuelera: argumentar por escrito cómo y cuándo toca obstinarse hasta que una adolescente aprenda a ser ciudadana seria, responsable, sensible a los asuntos públicos. En últimas, mínimo ese resultado le debe una familia a la sociedad.



REFERENCIAS

Banfield, Edward (1967). The Moral Basis of a Backward Society. Free Press

Rubio, Mauricio (2016). "Familias extensas y solidarias". El EspectadorAgo 24

domingo, 23 de febrero de 2020

Todo hambriento es microeconomista

Publicado en El Espectador, Febrero 27 de 2020
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Qué falta hacen personajes sabios, íntegros y sencillos como Antonio Gamoneda, que pasó hambre, sobrevivió una guerra civil y soportó el franquismo.

En un país donde una élite a la que nada le ha faltado se queja y sale a marchar porque perdió unas elecciones, donde poesía y ficción se confunden con los análisis históricos, sociales, económicos y políticos necesarios para diagnosticar realidades complejas, donde quienes nunca fueron elegidos, ni hicieron carrera en la administración pública ni mucho menos en el sector productivo dan pautas sobre cómo se debe gobernar, qué bien caen la modestia y lucidez de quien no asume ningún rol de lider, como este poeta nacido en 1931. Me recordó a Eduardo Escobar y su frentera oposición al paro contra todo: “carezco de la arrogancia de creer que puedo cambiar la retorcida condición humana. Y me niego a disipar mi energía en las vagamunderías de la recua”.

La Pobreza, memorias que Gamoneda acaba de publicar, empiezan a sus 14 años cuando, huérfano de padre, abandonó el colegio para trabajar de mensajero en un banco 80 horas a la semana. Tal vez hubiese preferido un contrato más Rappi para seguir estudiando. En las entrevistas concedidas al lanzar el libro derrocha sentido común. La comida es un tema recurrente, algo “muy propio de un niño que ha pasado hambre”. No abundan quienes tras la penuria logran educarse y escribir una autobiografía tan genuina y aterrizada.

Para Gamoneda hay un abismo entre lamentar la pobreza ajena -como hacen las ciencias sociales y casi cualquier intelectual- y vivirla en carne propia. “No es igual el pobre que el que se solidariza con el pobre”. No pretende que una opción sea mejor o peor que la otra: anota que son distintas. “Las hambres históricas modifican para siempre el pensamiento de los hambrientos” de manera tal que quienes no lo han sido no pueden comprender.

Tuvo conciencia del hambre en su hogar y en la calle por la Guerra Civil española, con cupones de racionamiento y filas de mujeres golpeadas por la policía “mientras hacían cola para conseguir cualquier porquería”, un escenario radicalmente distinto al de la burguesía local que en los cacerolazos se rasga las vestiduras por los desatinos de un gobierno o la policía que torpemente busca controlar el vandalismo, dos dolencias universales. “Yo dejé de pasar hambre y mis hijas no la pasaron, pero todavía reconozco a los que la pasaron”.

Recuerda vívidamente el matoneo sufrido en el colegio cuando, por no tener zapatos, su madre le adaptó unos de la abuela recortándoles los tacones. “Aquello fue una mordedura para un chiquillo, mucho más que las inclinaciones pederastas de los frailes”. Resume la pesadilla vivida durante su infancia en dos palabras, vigilancia y racionamiento. “Antes que a rebelarse, la gente aspiraba a comer”.

Destaca lo superfluas que son las mentes eruditas para abogar por los pobres, quienes “reconocen enseguida de dónde viene lo que los oprime sin necesidad de leer un solo libro” y que entienden mejor que nadie los conceptos pertinentes para paliar su situación. “Todo hambriento es microeconomista”. Se burla de sus doctorados honoris causa: “soy doctor por la puerta de atrás”. De no haber ido a la universidd solo añora “no poder leer a Virgilio en latín”.

En Colombia abundan antítesis de Gamoneda: personas acomodadas, incluso oligarcas, obsesionadas por una pobreza que nunca vivieron sino que percibieron en su servidumbre, o desde alguna chanfa palanqueada en la burocracia, en empresas de su entorno cercano o como rentistas. Además de falacias al describirla, estas castas propagaron dos fábulas crontraevidentes. Para no perder vigencia, insisten que la pobreza se ha agravado, observación rebatible sin estadísticas, ni sofisticados análisis: basta visitar cualquier ciudad colombiana y recordar cómo era hace 20 o 30 años.  La segunda, más onerosa, fue empecinarse en que hambre, miseria y exclusión eran el caldo de cultivo del conflicto. El Gran Hermano del cuatrenio pasado, enfant terrible del 68 francés, ejemplifica esa estirpe privilegiada impulsora de un proceso de paz que por magnificar el impacto de una pobreza tan recóndita como persistente en ciertas localidades menospreció irresponsablemente la gran variedad de mafias surgidas no de la precariedad económica sino de la abundancia de los mercados ilegales.  


La deformación clasista de nuestra realidad alcanza a ser delirante. Horrorizado por los refugiados venezolanos en las carreteras, un célebre novelista, diplomático fugaz, sentenció recientemente que “la guerra en Colombia fue un combate de pobres contra pobres. Gente humilde matando a sus compañeros de desdicha social. La inmensa desigualdad histórica nos llevó a esto… Las clases más acomodadas y ricas podrán tener desacuerdos, pero en lo esencial se protegen entre sí”. Ante semejante disparate, se aprecian aún más tres virtudes de Gamoneda tan escasas actualmente como el alimento durante una guerra: curiosidad, sindéresis y polo a tierra.

REFERENCIAS

Ailouti, Marta (2019). “No me ha tocado vivir una historia de España aceptable”. El Cultural, Sep 11

Escobar, Eduardo (2019). “Razones para no marchar”. El Tiempo, Nov 18

LNC (2020) “Gamoneda presenta en Madrid ‘La pobreza’, con sus vivencias desde 1945”. La Nueva Crónica, Feb 12

Gamboa, Santiago (2019). "Pobres latinoamericanos". El Espectador, Oct 19

Ribas, Armando  (2014) “Los intelectuales generan pobreza”. La Prensa, Junio 1

Rodríguez Marcos, J (2020). "Todo hambriento es un microeconomista". Entrevista con Antonio Gamoneda, Babelia, El País, Febrero 8


Rubio, Mauricio (2019). “¿Cómo mejorar a Colombia?”. El Espectador, Sep 12


lunes, 17 de febrero de 2020

Eterno diálogo con el ELN

Publicado en El Espectador, Febrero 20 de 2020
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No sorprendería un comunicado del ELN aclarando que con el paro armado querían mostrar, una vez más, su voluntad de diálogo.

El cinismo eleno persiste junto con la insólita mezcla de candidez, contumacia e irresponsabilidad de quienes siempre exigen que el gobierno se siente a negociar con criminales irredimibles sin importar sus ataques, ni sus víctimas. En esta ocasión quedaron policías heridos, vehículos e infraestructura destruídos además de regiones aisladas que pronto sufrieron desabastecimiento.

Con el inventario de daños aún incompleto, la pazología machacaba que la única reacción viable ante atentados con bombas es el diálogo. Poner la otra mejilla y ceder al chantaje para apaciguar bandidos han sido estrategias progres recurrentes en el país del sagrado corazón. Hubo voceros oficiosos del grupo demencial recordando que las condiciones mínimas exigidas por el gobierno para retomar los diálogos –devolver secuestrados y renunciar al terrorismo- no serán aceptadas. Para ellos, los delincuentes políticos ponen las condiciones. Al absurdo se le suma el descaro de afirmar que el fortalecimiento de esta guerrilla es responsabilidad de la administración Duque. “La ambigüedad del gobierno en la implementación del acuerdo con las Farc les ha facilitado reclutar disidentes… en regiones en las que había prácticamente desaparecido”, anota campante un conflictólogo. La mala leche alcanza para que el jefe negociador en La Habana sugiera una alianza implícita que desconoce su histórico legado: “curiosamente tanto Gobierno como Eln censuran ese Acuerdo”.

El magno ejemplo sigue siendo la paz santista, como si el impacto sobre este grupo no hubiera sido fortalecerlo con disidencias de las Farc detectadas antes del mejor acuerdo posible. Junto al encaletamiento de armas y al boom de testaferros, hubo emigración de combatientes farianos hacia el ELN, al parecer impulsada por quienes para desmovilizarse conservaron, quizás, quizás, quizás, su tajada de recursos ilegales.

La tradición terrorista de esta guerrilla es inobjetable. Referencias a paros armados del ELN aparecieron en la prensa internacional a mediados de los noventa. "Huelgas, sabotajes, secuestros y 30 muertos, balance del paro armado en Colombia" titulaba La Vanguardia en abril de 1996. Unos meses antes, con una desesperante sensación de déjà vu, el mismo diario anotaba que “Samper da un ultimátum a los insurgentes para que negocien” mientras que María Jimena Duzán sentenciaba que “la guerra nunca se podrá terminar por las armas debido a las graves carencias sociales”. Según ella, las encuestas mostraban que “los colombianos siguen creyendo en el diálogo”. Exactamente lo mismo que hace unos días proclamó Telesur: “sociedad colombiana urge al Gobierno y ELN retomar el diálogo”. Igualmente gracioso es De la Calle proponiendo ahora como salida digna para el impasse pararle bolas a Ernesto Samper, a quien el ELN buscaba derrocar con su primer paro armado por un indigno elefante.

En 2016, mientras aún se dialogaba en Cuba, el ELN organizó dos paros armados, uno para conmemorar la muerte de Camilo Torres y otro que impidió la movilización de cien mil personas y dejó millonarias pérdidas. En 2015, para un cese de actividades decretado en Arauca, Boyacá y Casanare, los comandantes esperaban “que no haya hechos que lamentar”. Magnánimos y comprensivos, aceptaron entonces que “los casos de urgencia en salud pueden tramitarse normalmente”. Así, el paro ordenado por estos tiranos parroquiales ya está tan institucionalizado como el día sin carro en algunas ciudades. El objetivo es similar, netamente pedagógico: obligar a la gente a enfrentar adversidades artificiales y arbitrarias para sentir cómo sería el mundo controlado por quienes sí saben lo que le conviene a la ciudadanía.


Durante el proceso de paz con las Farc la Universidad Javeriana publicó un libro de ensayos en el que 23 académicos expusieron sus argumentos a favor del diálogo con la guerrilla más reacia y reaccionaria. Los aportes van desde el entusiasta -“¿Por qué es posible, y además, necesario negociar con el ELN?”- hasta el conmovedor que trata de convencer a los elenos de que se sienten a charlar. Hay quienes anotarán que retenes, sabotaje y amenazas persisten porque todavía no hay plena conciencia de que la paz es mejor que la guerra, y eso sólo se logrará con un gran cabildo abierto, un sancocho nacional con cacerolazo. Pero tal vez lo que hace falta sea, más allá de condenar la violencia o recordar que el término paro armado desprestigia los movimientos sociales, un debate serio sobre las opciones de un gobierno cuando unos subversivos reiteran con sus acciones, reforzadas con explosivos, que no quieren negociar sino imponer su agenda totalitaria. Otra eventual explicación es que hace años este grupo armado delirante y sanguinario se siente cogobernando, taimada e implícitamente respaldado por una élite intelectual con la que comparte varias obsesiones: intervencionismo intenso, gasto público sin control, tirria al capitalismo y pantalla en los medios del sistema que desprecian.

REFERENCIAS

De Correa-Lugo, Víctor (2014) Ed. ¿Por qué negociar con el ELN?. Bogotá: Editorial Universidad Javeriana. 

De la Calle, Humberto (2020). "ELN: crímenes y errores". El Espectador, Feb 16

EE (2020) "Paro armado: la pelea entre el Eln y el Epl en el Catatumbo". El Espectador, Feb 14

_________  “Policías heridos y vehículos incinerados: balance que deja el paro armado del Eln”. El EspectadorFeb 14

__________ "Transportadores, con miedo de transitar vías por amenaza del Eln", El Espectador,  Feb 15

Ibarz, Joaquim (1995). "Nuevos ataques de la guerrilla colombiana, que ignora el diálogo". La VanguardiaJulio 3

_______________ (1996). "Huelgas, sabotajes, secuestros y 30 muertos, balance del paro armado en Colombia". La VanguardiaAbril 10

Riveros, Héctor (2020). "Si no era así, entonces, ¿cómo?". La Silla VacíaFeb 15

Telesur (2020). Sociedad colombiana urge al Gobierno y ELN retomar el diálogo. Feb 15



lunes, 10 de febrero de 2020

Conflicto maquillado

Publicado en El Espectador, Febrero 13 de 2020
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Hay quienes pretenden tapar el sol con las manos sugiriendo que en Colombia no hubo conflicto armado. La realidad es que persisten varias violencias que la paz simplemente ignoró, o maquilló. 

El último tozudo fue Alfredo Ramos Maya, concejal por el Centro Democrático, quien busca eliminar el concepto del Museo Casa de la Memoria en Medellín. Siempre que se machaca esa precisión semántica, reviran voces igualmente despistadas: proclaman que la realidad la definen ciertas palabras. El formalismo es tal que la condición de víctima parece función no de los ataques sufridos sino de un registro burocratizado con términos específicos. 

La relevancia o validez de cualquier vocablo depende del arraigo en el lenguaje, a su vez determinado por la “correlación de fuerzas”, preocupación marxista. En España nadie ajeno a ETA se atrevería a plantear que la lucha contra ese grupo fue un conflicto político y no una defensa de la democracia atacada por una violencia injustificable. El País Vasco casi encaja mejor que Colombia en las condiciones que, como Ramos recuerda, establecen el derecho internacional humanitario y el Comité Internacional de la Cruz Roja para hablar de conflicto armado: control territorial, representación popular e insurrección contra un régimen. Sin embargo, a ningún burócrata internacional se le ocurriría recomendar el uso del término para lo acontecido en Euskadi. Las víctimas, el gobierno, el legislativo, la justicia, la academia o los medios jamás adoptarían tal denominación para el enfrentamiento contra “la banda terrorista” etarra. A nadie le importa hacer parte de la “Coalición Internacional de Sitios de Conciencia”, asociación a la que en España solo pertenece un insignificante museo de exilados republicanos situado en la Junquera, frontera con Francia. 

Quienes en Colombia se rasgan las vestiduras ante el lenguaje incorrecto o los llamados de atención de cualquier ONG evitan precisar que nuestro conflicto fue tan intenso, diverso y extendido que varios grupos armados -esmeralderos, contrabandistas, pandilleros, narcotraficantes y paramilitares-  también lograron control territorial, apoyo popular y desafío al Estado de forma tan contundente que hubo, y sigue habiendo, no uno sino varios conflictos armados regionales que fueron opacados y maquillados por la pazología para pasarse por la faja el principio de igualdad ante la ley con unas negociaciones parcializadas y selectivas.

Un gran yerro de la paz santista fue adoptar sin matices la tradición de reconocerle el arbitrario estatus político solo a las guerrillas de inspiración marxista, aunque otras mafias también tuvieran agenda y aspiraciones proselitistas, desafiaran al Estado, consolidaran un sólido poder en ciertas regiones y, a pesar de la retórica izquierdista, lograran mayor raigambre y apoyo popular que la subversión. Con la excepción del M-19, las guerrillas colombianas cultivaron con esmero desconfianza, temor, rechazo y odio de la gente a cambio de promesas vaporosas y autoritarias sin respaldo electoral. Del amplio abanico de criminales que asolaron el país, las guerrillas son las que menos contraprestaciones económicas, sociales o políticas ofrecieron y por eso han contado con menor apoyo de la población.

Es bastante irónico que quienes acusan de negacionista a cualquiera que se oponga al uso del término conflicto no tengan reparo en silenciar ciertas peculiaridades protuberantes del que sufrió el país. Por ejemplo, la estrecha relación de distintas mafias, en particular el narcotráfico, con la violencia explosiva y con dos fenómenos en los que Colombia también sobresale internacionalmente: corrupción y sexo pago. Somos “los más corruptos del planeta” por ser “los mayores productores de cocaína”, así de simple. La misma lógica aplica para el liderazgo mundial en prostitución. 

Además, ambos fenómenos están interconectados. Los grandes mafiosos atendían políticos, jueces, empresarios, militares o policías contratando servicios sexuales para ellos. Alberto Giraldo, embajador del cartel de Cali en Bogotá, prácticamente despachaba desde un prostíbulo apoyado por Madame Rochy, encargada de conseguirle prepagos adaptadas al gusto de cada aliado o calanchín. Esta corrupción elemental, que no deja huellas ni vestigios, ya era usual entre los capos esmeralderos antes del auge del narcotráfico. 

Además, desde entonces fue común que los patrones contrataran prostitutas para los campamentos que concentraban trabajadores y escoltas sin presencia femenina. A esta práctica castrense también recurrieron las Farc para atender su tropa, dando el paso adicional de reclutar mujeres combatientes en burdeles de zonas cocaleras. 

El Acuerdo de Paz y la historia oficial ignoraron todas las arandelas de la guerra contrarias a la figura idealizada del rebelde que se sacrifica por el pueblo campesino. El sanguinario personaje del bajo mundo que con cinismo, codicia y crueldad defiende sus intereses y satisface sus instintos también fue meticulosamente silenciado por la misma academia y élite intelectual que hace aspavientos cuando alguien se atreve a decir que la guerrilla colombiana ha sido más grupo terrorista que ejército popular en una guerra civil. Obsesionados por la paja en el ojo derecho ajeno niegan con soberbia la viga en el propio. 



REFERENCIAS

EE( 2020). “Intelectuales preocupados por el rumbo del Centro Nacional de Memoria Histórica”. El Espectador, Feb 11

Ochoa, Paola (2020). “Los más corruptos”. El Tiempo, Ene 19

Parada Lugo, Valentina (2020). “El concejal que quiere eliminar el término conflicto armado”. El Espectador, Febrero 7 de 2020

Rubio, Mauricio (2013). "Las 'auyamas' y el 'apecho' de los esmeralderos". El Malpensante, Septiembre, Nº 145. Blog personal

_____________(2019). "Prepagos forzadas: otro mito por la paz". El Espectador, Nov 7 

sábado, 1 de febrero de 2020

Silencioso liderazgo mundial en prostitución

Publicado en El Espectador, Febrero 5 de 2020
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Los sesgos y manipulación de la realidad son tan comunes en Colombia que inventariarlos sería imposible. Un silencio protuberante es la magnitud y naturaleza del sexo pago.



A pesar de la evidencia periodística y testimonial en contra, el feminismo internacional impuso la fábula de que toda la prostitución es forzada. Para sostener esa visión, no hay reparo en impedir que se observe, discuta y diagnostique el fenómeno. El mito se manufacturó en despachos de académicas y burócratas internacionales que, probablemente sin haber hablado nunca con una prostituta, se empeñan en dizque rescatarlas del yugo patriarcal. En realidad las desprecian e ignoran. Bajo presión feminista, la Universidad de la Coruña vetó una jornada sobre trabajo sexual por “ser del lobby proxeneta para captar jóvenes y educar a nuevos puteros”. Acusaciones del mismo calibre son comunes contra funcionarias de la Alcaldía de Bogotá que diseñan y ejecutan programas a favor de las prostitutas. Por presión abolicionista, la Complutense de Madrid  eliminó el curso "Introducción a la teoría del porno".



Silenciar un fenómeno complejo por desafiar ideologías, imaginando que así cambiará, o encajará en dogmas y doctrinas, es característico de los idealismos que progresivamente cooptaron el debate y la política pública. Pensar con el deseo es la norma en las áreas manipuladas por activismos tan candorosos como autoritarios. Paradójicamente, cuentan con el respaldo de célebres intelectuales y artistas que dejaron de ser libertarios y críticos para convertirse en cajas de resonancia de visiones utópicas, siempre reaccionarias.



En su novela Plateforme, publicada en 2001, el novelista Michel Houellebecq señala el turismo sexual como motor de la prostitución mundial. De vacaciones en Asia, un funcionario francés conoce a una compatriota dueña de una agencia de viajes. Al regresar a París organizan un nuevo paquete turístico para las aventuras sexuales de los viejos verdes europeos. Deciden que Tailandia será el mejor destino, por su exótica naturaleza y la accesibilidad de sus mujeres.



La fórmula Houellebecq es llamativa: occidentales ricos y maduros, con vidas de pareja desdichadas, buscan jóvenes donde el amor y la sexualidad permanecen intactos. Dinero con miseria sexual en sociedades desarrolladas contra pobreza material pero riqueza amorosa en lugares exóticos. La solución es obvia. “Cientos de millones de Occidentales tienen todo lo que quieren, pero no encuentran satisfacción sexual. Del otro lado hay varios miles de millones de mujeres que mueren de hambre, que se mueren jóvenes, que viven en condiciones insalubres, y que no tienen nada más que vender sino sus cuerpos y su sexualidad intacta”. Las posibilidades del novelesco mercado son infinitas: “más que la informática, más que la biotecnología, más que la industria y los medios; no existe un sector económico que se le pueda comparar”. Las transferencias económicas del centro a la periferia son monumentales.



Años antes de la publicación de Plateforme, el premio Nobel de economía Amartya Sen llamaba la atención sobre enormes desequilibrios demográficos en el Asia. Calculaba un faltante de cerca de 100 millones de mujeres, particularmente crítico en la China y la India, por los sesgos contra las niñas en nutrición y cuidados médicos. Una década después, el mismo Sen anotaba que mientras en la India la situación había mejorado, en la China se había agravado por la política del hijo único y la posibilidad de abortar al saber el sexo del bebé.



Como históricamente los booms de prostitución han ocurrido bajo agudos superávits masculinos -guerras, cercanía de cuarteles o colonización de frontera- busqué contrastar la hipótesis implícita en las observaciones de Sen. La información disponible sobre incidencia de la prostitución en varios países el mundo, una encuesta en línea realizada por Durex, fabricante de preservativos, confirmó las sospechas. El grueso de la demanda mundial por servicios sexuales es local y se encuentra allá donde Houellebeck daba por descontado lo contrario, un exceso de oferta. Vietnam lidera la lista con un 34% de hombres que reportan haber pagado alguna vez por tener sexo. En Europa, plagada de viejos verdes, la cifra apenas alcanza el 7%.



En la Encuesta Nacional de Demografía y Salud del 2015 se le hizo a los colombianos la misma pregunta de Durex. Los resultados muestran que en nuestro país hay aún más clientes de la prostitución que en Vietnam, casi el doble que en Asia y cinco veces los de Europa. ¿Como se satisface la demanda del país líder global del sexo pago? Lamentablemente, feministas abusivas, sexistas y poco curiosas se apropiaron del mejor instrumento de medición de la situación de las mujeres colombianas para solo preguntarles si alguna vez habían sido forzadas a vender sexo: la prostitución voluntaria no les interesa, no permiten conocer su magnitud, ni su perfil por edades o regiones, ni los factores que distinguen a quienes la ejercen, ni los riesgos que enfrentan. Sólo el oscurantismo satisface su soberbia.



REFERENCIAS

Houellebecq, Michel (2001). Plateforme. Paris : Flammarion

Pérez, Loola (2019) “El veto a las putas, una historia de dogmatismo y cobardía”. El ConfidencialSep13

Rubio, Mauricio (2009).  Viejos Verdes y Ramas Peladas. Una Mirada Global a la Prostitución. Bogotá: Universidad Externado de Colombia

______________ (2018). "Los clientes de la prostitución en Colombia Análisis con la Encuesta Nacional de Demografía y Salud 2015". Academia.edu



______________ (2018) “Separados, viudos y solterones”. El EspectadorMarzo 21

Sen, Amartya (1990). “More Than 100 Million Women Are Missing ”. The New York Review of Books. Vol 37, Nº 20

Sen Amartya (2003). “Missing women   revisited”. BMJ. Vol 327 pp 1927 1928