Publicado en El Espectador, octubre 8 de 2026
Para muchísimas personas, el Gobierno del Cambio fue angustioso, impredecible, ineficaz, corrupto y pendenciero. Encima, su adalid casi se atornilla al poder asociado con un sombrío personaje de formación soviética. El temido escenario lo impidió un candidato visceralmente opuesto a ellos que ganó por una nariz. La izquierda, dividida como siempre y desconcertada como nunca, se debate entre luchas intestinas y qué hacer con el líder. Se indignan ante cualquier decisión de Abelardo de la Espriella quien en todos los tonos y por distintos medios anunció que gobernaría con ideas y prioridades de derecha. ¿Esperaban que lo hiciera como Sergio Fajardo?
La crítica puede terminar en graves acusaciones que deberían denunciarse ante la justicia penal. Se confunde delinquir con irrespetar protocolos y se ignoran escalas de gravedad. Proclamándose abierta, dialogante e incluyente, la izquierda intelectual, carece de una actitud democrática básica: aceptar derrotas electorales y alternancia en el poder. Peor aún, obsesionada por monopolizar la narrativa, busca estigmatizar y acallar las ideas que no comparte. Es común pensar que los problemas surgieron tan lejos como sea posible. En Colombia 2026, por supuesto, los líos no vienen del gobierno inmediatamente anterior, que sí los recibió de sus antecesores desde la Colonia.
La historiadora María Elvira Roca Barea propone el término fracasología para “la acomodación de ideas negativas y catastróficas” de las élites intelectuales. Una consecuencia es la falta de compromiso positivo: la misión es criticar, destacar el descontento, pero rara vez proponer algo distinto de sueños frustrados, ensayos y, si acaso, leyes en el papel. En España, Roca Barea atribuye esta visión al afrancesamiento de quienes utilizaron la “autodenigración como signo de superioridad intelectual y como una forma de eludir responsabilidades”. En América Latina, tras la Independencia, Francia ocupó buena parte del espacio cultural. En la Nueva Granada se configuró una oposición entre sectores próximos a la tradición hispánica católica y los que admiraban la cultura francesa, el liberalismo, el republicanismo y los cambios revolucionarios. Esta influencia se dio en varios ámbitos: política, costumbres, moda, literatura… y además en educación. Primero, por la presencia de congregaciones y docentes franceses, cuyos colegios formaron a futuros ingenieros, médicos, abogados, comerciantes, militares y eclesiásticos. Desde el siglo XIX, el legado francés en la mentalidad de la élite universitaria se transmitió por la Universidad Nacional incluso en áreas científicas como la medicina. En derecho la influencia fue contundente: el Code Civil napoleónico.
Hace varias décadas que Colombia padece una élite europeizada por la influencia de pensadores alemanes y españoles sobre el derecho y la jurisprudencia. Casi simultáneamente, la economía “neoliberal” llegó al país por universidades anglosajonas. Así se entiende mejor la “doble personalidad” de la Constitución del 91, además con juristas que destronaron el sistema civilista. La mirada centrada en Europa continental en detrimento de los EEUU puede ser delirante. Un ex ministro petrista, el más culto de los muchos gabinetes, sentenció, refiriéndose a las últimas presidenciales: “perdimos porque los tecnofascistas metieron la mano en las elecciones colombianas, bolivianas, ecuatorianas, chilenas, argentinas. Las quieren meter en Brasil, México, El Salvador, Honduras”.
La fracasología afecta la corrupción por vías complejas y contradictorias. Para evadir responsabilidades, sobre incidentes concretos la lacra se le atribuye al adversario. Lo insólito es que una de las instituciones que la izquierda considera más inoperante, la justicia penal, es lo único que disuade e incapacita malhechores. Que evite la reincidencia es otra cosa; por algo el destierro o deportación fue usual contra los corruptos en varios lugares: Imperio Otomano, Antigua Roma, Atenas, Francia, Portugal y España… entre muchos otros. El texto clásico sobre inutilidad de las penas, Vigilar y Castigar, de Michel Foucault es la referencia más citada por el afrancesado establecimiento de izquierda. Allí se confirma que el destierro fue una pena corriente del llamado Antiguo Régimen, traducción del muy francés Ancien Régime. Foucault no se interesó por la corrupción que, como delito ligado a la propiedad y el beneficio, se toleraba. A pesar de este influyente pensador eso debe cambiar si se busca combatirla en serio. Se podría aprender de instituciones españolas que superaron la fracasología para lograr resultados impresionantes contra estas nuevas venas rotas de hispanoamérica y la madre patria, que a veces terminan en autoexilio, desde un ex insurgente hasta un Rey Emérito.
Esta semana se anunció un bloque anticorrupción que presenta un exceso de entidades dependientes de los políticos. En España se fortalecieron las técnicas forenses, no siempre asociadas con cadáveres y muerte sino con la capacidad de recoger pruebas sólidas. Eso se aprende por ensayo y error, no con más leyes. Por ejemplo, actualmente en el país la responsabilidad probatoria que operativamente “se diluye entre la Policía Nacional y el CTI” se superaría corrigiendo fallas de coordinación.
REFERENCIAS
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Hernández Díaz, José María (2008). Influencias francesas en la educación española e iberoamericana (1808-2008). Gredos
Laviña, Javier (1989) “Ilustración y reacción en la Nueva Granada”. Anuarion Colombiano de Historia Social y Cultural, Nº 16-17
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Restrepo, Ana Cristina (2026) “El Pentágono (de cómo convertir a Colombia en un polígono… de tiro)”. El Espectador, sep 20
Roca Barea, María Elvira (2019). Fracasología: España y sus élites: de los afrancesados a nuestros días. Espasa
RS (2026) “Así funcionará el bloque anticorrupción de Abelardo De La Espriella”. Revista Semana, agosto 31
UI-ET (2026). “Los 32 casos que se revisan del saqueo a Ecopetrol que la auditoría llevará ante EE. UU.: hablan de sobornos, Cenit, el catalán y el ‘Bachi’”. Unidad Investigativa, El Tiempo, sep 20
VVAA (1868). La Universidad Nacional en el siglo XIX. Anales




