Publicado en El Espectador, agosto 13 de 2026
La decisión del nuevo presidente de no invitar a Juan Manuel Santos a su posesión tendría que ver con “diferencias radicales frente a la negociación con las Farc”. Colombia descansó al impedir que un par de voluntaristas autócratas se atornillaran al poder más tiempo del contemplado en la Constitución. Una versión taimada de ese mismo propósito fue dejar, después de dos cuatrienios en la presidencia, un ambicioso plan de desarrollo para el campo cuya ejecución, financieramente incierta, requería cuatro períodos adicionales.
“La sola implementación del proceso de paz es un gran programa de gobierno... Ahí estaba buena parte de la solución de los problemas” es la afirmación más ingenua, irrespetuosa y desconcertante del podcast La Historia no Contada del Proceso de Paz que empezó a publicar Juan Manuel Santos a finales de 2024. Con escasa objetividad, el premio Nobel entrevista a gente de su equipo con analistas incondicionales de la controvertida negociación. El ejercicio se inicia con un chiste bastante flojo pero revelador: “ahora sí les voy a contar cómo fue que le entregué el país a las FARC”.
JMS recurre a argumentos falaces y abunda en el cherry picking. Incluso, permite dudar si realmente existieron esas señoras que se acercaron a decirle, militares que le contaron o víctimas que le dijeron. Es lamentable su manejo acomodaticio de las causalidades. Con escasa modestia, para él, casi cualquier manifestación de la violencia ocurrida desde 2018 se hubiese evitado implementando el Acuerdo. Incluso le dio lecciones de derecho constitucional al presidente electo. Una protuberante falencia de este ejercicio de propaganda ex post es no haber invitado víctimas de las FARC para contar pormenores de un proceso centrado en esa figura.
Es obligación de cualquier gobernante superar el atraso del campo, la exclusión por falta de oportunidades, la desigualdad y las carencias de servicios públicos. Bastante más arriesgado resulta mezclar, con criminología precaria, la relación causal entre esos factores y un conflicto armado alimentado por economías ilegales. Lo que ya es abiertamente inaceptable para una alta proporción de la ciudadanía es que esos planes y programas se hayan discutido con quienes se declararon enemigos del Estado y pretendieron tomarse el poder con las armas. En cualquier democracia seria, una línea roja es no conceder beneficios políticos a quienes los buscaron de forma violenta.
JMS reitera, como muchos adláteres, que sin su proceso de Paz, la izquierda no hubiese llegado a la presidencia. Nada más contraevidente. Varios políticos de izquierda -Ernesto Samper, Carlos Gaviria, Antonio Navarro, Clara López, Iván Cepeda- ejercieron, rondaron, han vivido el poder. Gustavo Petro preparó su ascenso primero como congresista y, sobre todo, desde la Alcaldía de Bogotá; allí aprendió las corruptelas cometidas por el Pacto Histórico desde 2022 con descaro y arrebato. La “filosofía de la impunidad” ante el delito político viene de lejos, dio un salto cualitativo con la JEP de JMS e hizo metástasis con la Paz Total. El eventual punto de quiebre en los chances de que la izquierda gobernara fue la Constitución del 91, esa que incomodó a Petro-Cepeda pero que ya había sufrido un ajuste fast-track para encajar una ambiciosa agenda legislativa después de 6 años de gobierno Santos y una derrota en el plebiscito.
Un capítulo revelador del podcast es “Los saboteadores de la paz” en el que Humberto de la Calle, bastante ecuánime, califica la actitud de Álvaro Uribe no como saboteo sino “oposición” y manifiesta comprender sin compartir las opiniones de los militares retirados opuestos al proceso. Bajo un gobierno que hizo explícita su voluntad política de implementar el Acuerdo de Paz de 2016 con magros resultados, con un giro de 180º en el entorno geopolítico -Trump en Venezuela y Cuba- y la mayoría de curules del Acuerdo de Paz respaldando a Abelardo, seguir llamando saboteadores a los escépticos de la paz santista es un despropósito.
La confusión y opacidad en el tema narcotráfico en las FARC merece un análisis separado. Baste adelantar que antes de abandonar el proceso ya se habían retirado de la mesa, o preparaban su salida, todos los comandantes claves del procesamiento y exportación de cocaína colombiana.
A nadie sorprendió que en su discurso de posesión el nuevo presidente hiciera una demoledora crítica a la médula de la paz del 2016, la JEP. Expresó que respetará “el orden jurídico, sin renunciar al deber de revisar, con absoluto rigor, los efectos de una jurisdicción que nació desconociendo la voluntad popular… una Nación no puede aceptar que la justicia se convierta en un mecanismo de indulgencia”. Para oír ataques ya cantados a los procesos de paz anteriores, era apenas prudente que no estuviera presente el principal promotor del más ambicioso.
REFERENCIAS
Akörde CORE (2024). “Disidencias por dentro”. Podcast
EH (2026). ““No más procesos de paz”: Abelardo de la Espriella”. El Heraldo, marzo 27
Gómez , Carol Tatiana (2026). “La mayoría de curules que nacieron del Acuerdo de Paz respaldan a Abelardo de la Espriella, crítico del proceso”. Cambio, julio 22
González, Jorge (2026). “¿Por qué De la Espriella no invitó a Santos a su posesión?”. Las2Orillas, agosto 4
Mejía Farias, Luna (2026). ““La Constitución dice que tiene que implementar el Acuerdo de Paz”: Santos a De la Espriella”. El Espectador, julio 27
TC (2023). “Balance del primer año de gobierno del presidente Gustavo Petro en materia anticorrupción”. Transparencia por Colombia, sf
Trejos Luis Fernando y Reynell Badillo (2024). “De Total a Parcelada: la Paz de Petro en 2024”, La Silla Vacía, dic 23
Valencia, Carolina (2026) “De la Espriella sobre la JEP: “Respetaré el orden jurídico vigente sin renunciar a revisar””. Noticias Caracol, agosto 7




