Publicado en El Espectador, octubre 15 de 2026
En una entrevista bien desprevenida, María Victoria Uribe (MVU), antropóloga e historiadora, relata cómo llegó a entender las ventajas de la justicia restaurativa. Menciona a un paramilitar encarcelado con el que identificó misteriosos vínculos de los asesinos con sus víctimas. “Hablé con él en su celda… Un tipo tranquilo, no lo angustiaban (sus) crímenes”. Poco después, “¡Ay! doctora, usted no sabe lo que me pasó… ¡Imagínese!”. Le contó que en una audiencia de Justicia y Paz una señora, ya viejita, lo abrazó y le dijo: “Yo lo perdono. Usted mató a mi marido y a mis hijos. Lo único que le pido es que me diga dónde enterró al pequeño… Desde ese día ya no soy el mismo”. Eso la llevó a consultar un psicoanalista para entender “por qué esa mamá le altera al asesino toda su visión del mundo”. Para ella, esa víctima encarna el famoso fantasma de Lacan que lo pone en contacto con su propia madre, “que le voltea el chip”. Así, con herramientas lacanianas, bosqueja la justicia restaurativa.
“Mucha gente no lo entiende. En la fiscalía he oído decir que ojalá se termine la JEP para echarle mano a esa gente”. Precisa que no son sólo fiscales: “muchos colombianos quieren que ellos se vayan para la cárcel… ¿cómo así que los van a poner a hacer trabajo social si son unos criminales?, se tienen que ir para la cárcel”. Casi molesta, MVU sentencia: “no entienden el poder de la justicia restaurativa, consideran que eso es impunidad”. Generaliza sin mayor sustento. “Por los pocos casos que alcancé a ver en el oriente antioqueño, la justicia restaurativa es muy eficiente, tanto para la víctima como para el victimario que se confiesa, pide perdón, acepta haber hecho lo que hizo y la víctima lo perdona… muchos se terminan abrazando y ese abrazo es genuino”. Ni siquiera recurre a Lacan, basta con que ella lo afirme basada en unas pocas observaciones bien escogidas. “Eso es justicia restaurativa. ¿Cómo que eso no es efectivo? ¡Por favor! ¡Si hay un abrazo entre el perpetrador que mató al marido de esta señora, que es capaz de oírlo, porque se oyen!”.
Después MVU da un volantín para banalizar la violencia y señalar que la verdadera dificultad en Colombia es que “aquí nadie se oye… aquí tenemos un problema de escucha fatal”. Vuelve a reflexionar: “si esos dos se oyen y finalmente el uno entiende al otro y se abrazan ¿qué más quiere uno en la vida? O sea, lo que quieren es clavarlo a la cárcel… Habrá muchos abogando por la pena de muerte… Yo no puedo entender… se me ocurre que es porque no han visto lo que la justicia restaurativa es capaz de hacer”.
Alude a una “cosa muy bonita de la Comisión de la Verdad”: los encuentros cara a cara entre perpetradores y víctimas. “Es imposible que el corazón no se te arrugue”. Recuerda otro encuentro entre un ex combatiente de las FARC que “acepta lo que hizo” ante una madre que perdió a sus hijos. Están en una tarima con micrófonos separados; se oyen mutuamente y después se abrazan. “Eso es una cosa muy conmovedora y muy diciente, que estos señores de ultraderecha no quieren ver”. Para un asunto tan difícil de entender como el fanatismo godo, abraza el realismo mágico: es como un “acting out… algo tiene que ver con que hayamos enterrado La Violencia de los años cincuenta bajo muchas capas de tierra… esos contenidos están ahí y afloran… No hay manera de ponerle un punto final”.
Marta Ruiz, periodista informada, conocedora a fondo del proceso de paz, con un pragmatismo y honestidad mental sorprendentes en estos días, anota que tras el plebiscito sobre el Acuerdo de Paz “sólo importaban dos puntos: cárcel o no cárcel para las FARC y participación en política. Era lo que los opositores no querían. Por eso se perdió el plebiscito… La gente quiere ver a las FARC en la cárcel”. Así, desafía la visión de MVU sobre las razones para el NO y el rechazo a la justicia restaurativa que sigue manifestando cerca de la mitad de la población, hasta ahora escuchada en serio; sobran crash courses de justicia restaurativa: mucha gente pide castigo proporcional al daño causado, así de simple. Ruiz reconoce que “nunca hicimos la tarea de convencer a esa mitad de la población” para concluir que, al menos, “la verdad es un valor instaurado”. Es lo que le falta a la pazología más ingenua, voluntarista y soberbia. Se puede estar en desacuerdo con Ruiz en varios puntos, pero no negar su apertura al diálogo, su nulo sectarismo y su capacidad de autocrítica. Es una ave rara, única, en la despistada izquierda pos-Petro.





