Publicado en El Espectador, 19 de marzo de 2026
Algo anda mal en un país cuando las élites aferradas a un pasado de miseria y violencia silencian logros sociales y económicos, o estigmatizan al capital humano que emigra. Da grima la obsesión del candidato presidencial del Pacto Histórico con su eterno adversario político y que tras el lánguido desempeño de una vicepresidenta escogida por afrodescendiente y activista, candidatice para ese cargo a quien sólo ofrece representar una minoría con escasos estudios, que vive del erario y es resentida. “Sólo fachada”, comentó Daniel Oviedo. Peor aún: es un escudo político contra críticas que serán atribuidas al racismo y la misoginia. La “disputa vengadora” entre pueblos indígenas y una estirpe esclavista completa el paraguas woke-histórico-victimista para cubrir cualquier yerro.
En 1998 se publicó La Catedral y el Bazar, trabajo célebre entre informáticos sobre dos estrategias para desarrollar software. La primera, rígida, enfatizaba programar secuencialmente con conocimiento completo y a priori. La segunda, que acabó imponiéndose con apps de código abierto, es inductiva, participativa y flexible. La integración surge por ensayo y error. Durante años se pensó en un nivel crítico de complejidad que exigía una sólida organización trabajando desde la concepción hasta la puesta en marcha de un programa sin fallas. Era el enfoque catedral, con IBM como ícono. En 1991, Linus Torvalds, ingeniero finlandés, lanzó Linux, que revolcaría todo. Este novedoso sistema operacional permitía modificar, copiar y usar el código fuente. Versiones de prueba aparecían con inusitada frecuencia y multitudes de usuarios las testeaban. Una diferencia crucial entre ambos enfoques ha sido la actitud hacia los bugs: en el bazar se consideran leves, intrascendentes, y se corrigen fácilmente, con “muchos ojos” detectándolos. Se ventilan, no se esconden como hacen los cardenales.
Hace poco escucho podcasts. Disfruto el Frye Show, del “gringo paisa”, con perfiles y logros del nuevo emprendimiento colombiano. Joven, high tech y fluently bilingual, este fenómeno desafía el pesimismo, la perenne quejadera de analistas supuestamente progresistas, en realidad fatalistas y reaccionarios, que moldean el debate público. Entre las personas entrevistadas por Frye llama la atención que muchas agradecen, celebran, sus errores para así corregirlos y avanzar. Son bazares. “Uno aprende muchísimo de sus errores, el fracaso es el mejor maestro” anota Pedro Fernández chef colombiano reconocido internacionalmente. Refresca oír tal afirmación en un país propenso a culpar a los demás o al pasado.
Alejandro Salazar, gurú del emprendimiento, ha hablado varias veces en Frye y Atemporal. Es un pragmático crudo, hereje, irreverente y provocador. Sus observaciones deben incomodar a intelectuales y políticos, de izquierda, derecha o centro. Con reflexiones escuetas desafía el estatismo empobrecedor de quienes, imaginando catedrales, desprecian el pujante y febril bazar tecnológico global que provocará "cambios tectónicos". Su libro Colombia Ganadora sugiere no perder tiempo lamentándose sino invertirlo buscando avanzar. Toca aceptar lo que se es, no lo que se sueña o lo que nunca fue. Una “estrategia emergente”, su concepto clave, no se diseña ni se planea. Como en el bazar, surge de resolver dilemas reales, hard choices, y corregir errores concretos. Colombia ya dejó de ser pobre. Aunque castas atrapadas en el pasado no lo reconozcan, vivimos una nueva era, replica Salazar. Tras la globalización viene un repliegue hacia la regionalización y para ese nuevo escenario geopolítico el país está naturalmente atado a Norteamérica, más que al Grupo Andino o Mercosur. Seguirá exportando, pero no sólo productos del campo y manufacturas, sino capital humano y servicios, por ejemplo logística y conectividad. Sin que ningún planeador visionario lo previera, el aeropuerto Eldorado y el puerto de Cartagena son actualmente enormes hubs de personas y mercancías. Más bazares: llegan torrentes de remesas y nuevos polos turísticos, como Medellín y la zona cafetera, surgieron sin grandes cadenas hoteleras, con pequeños inversionistas. Oír a Frye alivia la resaca del Cambio que no cuajó y causó estragos. Si ganaran electoralmente el intervencionismo caduco y el retrovisor pendenciero de Cepeda y Quilcué sería ardua la recuperación. Aún así, el impulso emprendedor privado continuaría: su esencia es nómada, la apuesta es a largo plazo y ya sobran países anfitriones latinos sin socialismo averso al capitalismo. Chile post Boric lo demuestra.
En síntesis, la mecánica para avanzar es simple: conocer minuciosamente el entorno, desechar dogmas y planes, ser flexible y adaptarse para enmendar errores con modestia, optimismo y entusiasmo. Funciona para emprendimientos privados pero también para instituciones estatales complejas, como la justicia. Autócratas populistas y megalómanos formateados para subestimar a los gringos constatan pero callan que los USA todavía mandan militarmente, son líderes tecnológicos indiscutibles y cuentan con un sistema penal, siempre despreciado desde afuera, que evolucionó hasta ser dolorosamente eficaz y dateado contra ellos. Alternativas corruptas, aún más insensibles pero fracasadas, hacen naufragar infiernos dictatoriales, uno tras otro, glup glup glup.




