Publicado en El Espectador, junio 4 de 2026
La obsesión con el Libertador y su espada, tan inútilmente exhibida en el último cuatrienio, podría tener sentido. Pero la admiración de Gustavo Petro y el M-19 por Gustavo Rojas Pinilla (Gurropín) es incomprensible, y vergonzosa. Revela la sangrienta historia de esa guerrilla idealizada por un presidente populista, mandón, condescendiente con la corrupción y el respaldo ilegal a su candidato. Especial interés tiene la relación de Rojas con León María Lozano, alias el Cóndor, uno de los mayores asesinos de los años cincuenta.
Según la narrativa hegemónica, el conflicto armado surgió de la lucha campesina por la tierra, con papel protagónico de las FARC, supuesto germen de la insurgencia colombiana. La violencia de este grupo habría sido defensiva, como respuesta a los ataques militares. Eso predica incluso JM Santos en su Batalla por la Paz. El falaz relato silencia que años antes, tras la llegada del castrismo, jóvenes del MRL, el PCC y el Movimiento Obrero Estudiantil y Campesino (MOEC) fueron becados por Cuba para estudiar comunismo y revolución. La primera acción de esta élite universitaria insurgente interrumpió salvajemente una celebración de aguinaldos (1961). No fue defensa sino ataque con explosivos al Ejército, con 40 muertos, “casi todos niños de barrios humildes”.
Años antes hubo una racha colosal de homicidios políticamente motivados y también ajenos a la lucha por la tierra. Los llamados “pájaros” -que actuaban “de manera escurridiza y veloz; que se nucleaban para hacer ‘trabajitos’ y se iban ‘volando’”- cumplían funciones ideológicas y proselitistas. Inicialmente buscaban “homogeneizar pueblos, cambiar conciencias, convertir a radicales liberales, perseguir a protestantes, atacar a masones y comunistas. Emprendieron una “santa cruzada de las ‘fuerzas del bien’ contra las ‘dañinas fuerzas del mal’”. No eran campesinos, ni se desquitaban de las guerrillas liberales. Tenían negocios, a veces prósperos, que les permitían cierto estatus económico y social. “Los pájaros, eran choferes, carniceros, fonderos, cantineros, talabarteros, sastres, lavanderos, sacristanes, cacharreros, jornaleros o lungos, matarifes, inspectores de policía, policías y empleados de la alcaldía o el juzgado municipal”.
El líder de los matarifes en Tuluá es el protagonista de Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeázabal. “Si la amenaza son los pájaros, a lo que nos enfrentamos es a un Cóndor”, el más temido y dominante, que recibía instrucciones de dirigentes conservadores o de las autoridades locales. Él decidía cuándo y con quién ejecutarlas: “mandaba matar, pero él mismo no mataba”. La violencia contra los liberales no fue simple “odio partidista”. Se buscaba controlar elecciones, intimidar o eliminar votantes y dirigentes liberales para asegurar el acceso a la burocracia. Con el asesinato o expulsión de contrincantes, el conservatismo mantuvo el control electoral con el consecuente acceso a la nómina y a los contratos estatales. Una obsesión de Laureano Gómez era tumbar la Constitución de 1936. Había que eliminar o convertir opositores: para eso estaba el Cóndor.
Puesto que el ámbito de la novela es municipal, la figura de Gurropín no refleja la importancia que tuvo como aliado de Lozano. Sobre ese vínculo El Jefe Supremo de Silvia Galvis y Alberto Donadío muestra que, como Comandante de la Tercera Brigada en Cali (1948-1949), Rojas visitaba al Cóndor en Tuluá “en franca camaradería”. El mismo General admitió que gracias a él pudo “sostener el gobierno legítimo de Mariano Ospina Pérez”. En 1953, ya presidente, Gurropín ordenó la liberación de su aliado cinco días después de ser detenido por amenazar a un juez, premiándolo con la Cruz de Boyacá. Violet Lozano, su hija, lo acompañó a visitarlo al Palacio de Nariño. Para Rojas, Lozano era “el indiscutible jefe laureanista” del Valle del Cauca.
Uñilargo fue el apodo de Rojas desde que entró al ejército. Al calificarlo el primer año, un superior anotó: “algo desprendido del servicio por dedicarse a los negocios particulares”. “Acumuló hatos y recibió reses” corrobora Donadío. En 1958, un senador, después presidente, señaló que en la oficina de impuestos había “un sistema de extorsión; el yerno del Presidente no soltaba ese negocio… bastaba una llamada para combinar cómo se fallaban los asuntos”. La paz que finalmente se acordó entre liberales y conservadores, el Frente Nacional, simplemente formalizó la alternancia en la repartija del presupuesto, la nómina y los contratos estatales. Rojas quería su tajada: buscó que la Asamblea Nacional Constituyente extendiera su permanencia en el poder y propuso la Tercera Fuerza, una alianza entre sectores populares y las FFAA. Ilustra bien, y así se entiende mejor, el apego de Petro a la ANAPO. Para Cepeda no será fácil mantener su tránsito oportunista desde el comunismo estudiantil (anti-rojista) hacia la AD-M19. La doctrina inculcada desde joven, tupamara o soviética, es indeleble. Tendrá que despetrizarse para segunda vuelta.
REFERENCIAS
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