Publicado en El Espectador, julio 9 de 2026
No queda claro quién acuñó el término para designar mandatarios que adoptan una postura dócil y colaboradora con Trump para evitar sanciones penales en los EEUU. Al “deportar” a Nicolás Maduro y su esposa, el nuevo poder de facto en Venezuela “respaldó” a Delcy Rodríguez, hasta ese momento Vicepresidenta Ejecutiva, juramentada de afán como presidenta interina por el Tribunal Supremo de Justicia. De inmediato publicó en redes un mensaje llamando a su ex enemigo a “trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación orientada al desarrollo compartido”. Entretanto, el nuevo mejor amigo anunciaba que “nosotros estamos a cargo” y le pedía a la nueva líder “acceso a todo”.
El impacto de Maduro esposado con grilletes trascendió a Venezuela. En Nicaragua hubo un súbito cambio en el tono antiimperialista por la esposa de Daniel Ortega y Copresidenta de la República, que pasó de la confrontación ideológica a la búsqueda de cooperación y desarrollo. Una caricatura señala que “Murillo delcyfica su tono ante el imperio”. En un gesto conciliador, el régimen liberó 24 presos políticos que pronto reemplazó por 60 personas detenidas por celebrar la caída de Maduro.
Para atraer inversión Cuba emprendió recientemente un paquete de reformas económicas que, otorgando mayor rol al sector privado, sugerirían algo de delcyficación. Pero hay diferencias clave con Venezuela o Nicaragua. No hay una figura fuerte, con poder visible. El presidente Díaz-Canel es visto como representante del partido que mantiene el poder.
La situación más compleja e interesante es la colombiana; es indispensable tener en cuenta indicios de diversos ámbitos. La izquierda quedó derrotada y muy dividida tras las elecciones presidenciales. Además, de manera más nítida que en ocasiones anteriores, un serísimo elemento de desavenencia ha sido el convencimiento de que Iván Cepeda traicionó a la izquierda: por haber abandonado el plan de desconocer la elección, declararla fraudulenta y, consecuentemente, salir a incendiar las calles. El testimonio más conmovedor, quien lo creyera, fue el de Daniel Mendoza Leal, célebre autor de la novela y serie “El Matarife”, en un video dirigido a Iván Cepeda: “estoy muy defraudado de usted, que era un referente para mí, en el alma, el corazón, en la cabeza… representaba la lucha, el tesón.. (llorando) a mí me duele mucho decir esto, muchísimo, pero usted nos escupió en la cara, usted nos vendió al aceptar ese triunfo… no entiendo cómo fue a hacer eso, sabiendo que nos robaron… y usted no hizo nada por decirle a ese tipo lo que era”. Otro periodista líder de la izquierda, Iván Gallo, se quejó en público de una llamada “a un medio en el que trabajaba para pedir mi cabeza”. Estaba seguro de que el pueblo iba a ganar “porque existía un gran techo” petrista en el poder. Pero “el equipo de campaña fue un desastre absoluto… pero sobre todo tú que tuviste un gran poder” para decidir quién trabajaba y quién no. El 2 de junio “ocurre lo que no podía pensar nadie”. La diferencia entre “de la Espriella y tú es que él manda tutelas y tú llamas a los medios para intimidar… fue una llamada intimidante que no grabamos porque tenemos altura moral… y hoy supe que habías intimidado a otros periodistas e investigadores”. Nos dejaste expuestos “por tu purismo intelectual y comunista… nos dejaste entregados al fascismo… no nos defendiste, como no defendiste a la gente en el Catatumbo... (Se confirma) lo que dicen de tí: eres puro estalinismo”.
Se entiende bien el dolor de Gallo con la flagrante traición del candidato que no fue presidente y trató que los medios lo aislaran. Pero la explicación ofrecida está desfasada varias décadas. La era Trump es bien diferente a la guerra fría, y su impacto es difuso. Ahora abundan los trumpitos, de derecha, centro e izquierda. El efecto es tal que un buen narrador de historias, tratando de ganar votos à gauche, planteó que Abelardo estaba delcyficado. “A los republicanos les gusta El Tigre porque le tienen la cuerda pisada y Marco Rubio lo manejaría con el dedo meñique. Está hipotecado penalmente al imperio”. La teoría es tan peregrina como el renovado estalinismo de Cepeda.
La delcyficación ha sido más evidente y consistente con el comportamiento desmotivado y lánguido de Gustavo Petro en el ocaso de su mandato. El otrora combativo Aureliano mutó a inofensivo y delirante José Arcadio que deja a Cepeda sin pueblo en las calles. Desde el otro lado, María Elvira Salazar, congresista republicana aliada de Marco Rubio celebró en Barranquilla el triunfo abelardista. Bernie Moreno, congresista gringo, bien antipetrista, estuvo en Bogotá. Parodiando una célebre frase, “no estaría tomando café”. Como si faltara, el subsecretario de Estado estadounidense anunció que investigarían a Viviana Marín Carmona, militante de la JUCO, por amenazar con caos callejero.




