Publicado en El Espectador, julio 9 de 2026
No queda claro quién acuñó el término para designar mandatarios dóciles y colaboradores con Trump para evitar sanciones penales. Al “deportar” a Maduro, el nuevo poder de facto en Venezuela “respaldó” a Delcy Rodríguez, Vicepresidenta Ejecutiva, juramentada de afán como presidenta interina por el Tribunal Supremo. De inmediato invitó a su ex enemigo a “trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación orientada al desarrollo compartido”. Entretanto, el nuevo amigo anunciaba que “nosotros estamos a cargo” y le pedía “acceso a todo”.
El impacto del dictador esposado con grilletes llegó a Nicaragua con un súbito cambio en el tono antiimperialista. La esposa de Daniel Ortega y Copresidenta pasó de la confrontación ideológica a la búsqueda de cooperación y desarrollo. Una caricatura señaló que “Murillo delcyfica su tono ante el imperio”. Como gesto conciliador, el régimen liberó 24 presos políticos que pronto reemplazó con 60 personas detenidas por celebrar la caída de Maduro.
Para atraer inversión, Cuba emprendió recientemente un paquete de reformas económicas que otorgan mayor rol al sector privado y sugerirían algo de delcyficación. Pero hay diferencias. No existe una figura fuerte con poder visible; el presidente Díaz-Canel es visto como representante del partido que manda.
La situación colombiana es bastante compleja. La izquierda quedó derrotada y dividida tras las elecciones presidenciales. Además, un serísimo elemento de desavenencia ha sido el convencimiento de que el líder, Iván Cepeda, traicionó a su partido. Lo responsabilizan por haber abandonado el plan de desconocer la elección y declararla fraudulenta para salir a incendiar las calles. El testimonio más conmovedor, difícil creerlo, fue el de Daniel Mendoza Leal, célebre autor de “El Matarife”, en un video dirigido a Cepeda: “estoy muy defraudado de usted, que era un referente para mí, en el alma, el corazón, en la cabeza… representaba la lucha, el tesón.. (llorando) a mí me duele mucho decir esto, muchísimo, pero usted nos escupió en la cara, usted nos vendió al aceptar ese triunfo… no entiendo cómo fue a hacer eso, sabiendo que nos robaron… y usted no hizo nada por decirle a ese tipo lo que era”. Otro líder de izquierda, el periodista Iván Gallo, se quejó en público de una llamada “a un medio en el que trabajaba para pedir mi cabeza”. Estaba seguro de que el pueblo ganaría “porque existía un gran techo” petrista en el gobierno. Pero “el equipo de campaña fue un desastre absoluto… sobre todo tú que tuviste un gran poder” para decidir quién trabajaba y quién no. La diferencia entre “De la Espriella y tú es que él manda tutelas y tú llamas a los medios para intimidar… fue una llamada intimidante que no grabamos porque tenemos altura moral… y supe que habías intimidado a otros periodistas e investigadores”. Nos dejaste expuestos “por tu purismo intelectual y comunista… nos dejaste entregados al fascismo… no nos defendiste, como no defendiste a la gente en el Catatumbo... (Se confirma) lo que dicen de tí: eres puro estalinismo”.
Cualquiera entiende el dolor de Gallo por la traición del candidato que no fue presidente y trató que los medios lo aislaran. Pero la explicación ofrecida está desfasada varias décadas. La era Trump difiere de la guerra fría, y su impacto es difuso. Ahora abundan los trumpitos de derecha e izquierda que enfrentan serios problemas. La situación es tan insólita que un buen narrador de historias, para ganar votos, planteó que Abelardo estaba delcyficado: “a los republicanos les gusta El Tigre porque le tienen la cuerda pisada y Marco Rubio lo manejaría con el dedo meñique. Está hipotecado penalmente al imperio”. Confunde un acuerdo ideológico profundo con estar sometido. La teoría es tan peregrina como el renovado estalinismo de Cepeda y refleja el colosal despiste à gauche.
El comportamiento de Gustavo Petro en el ocaso de su mandato sí desvela una eventual delcyficación. El otrora combativo Aureliano mutó a inofensivo José Arcadio que perdió conexión con la realidad. Siempre curioso por los más variados temas, los aborda con caóticos desvaríos que a nadie inquietan. La prueba reina de su irrelevancia es la demanda ante el Consejo de Estado por la elección de Abelardo. Se volvió tinterillo, como Cepeda. Desde la otra orilla, María Elvira Salazar, congresista republicana aliada de Marco Rubio celebró en Barranquilla el triunfo abelardista. Bernie Moreno, congresista gringo, plusmarquista antipetro, estuvo en Bogotá, supuestamente como “observador electoral”. Parodiando una célebre frase, “no estaría tomando café”. Además, el subsecretario de Estado anunció que investigarían a Viviana Marín Carmona, militante de la JUCO, por invitar a "hacer invivible el país". Sin embargo, el imperio ya podría dejar de vigilar y amenazar de manera soterrada: las instituciones colombianas controlan la situación y la extrema izquierda hispanoamericana se derrumbará con Zapatero.




