Publicado en El Espectador, agosto 3 de 2026
En el agobiante ocaso del Gobierno del Cambio, con pesada mochila de escándalos de corrupción, se esperaba que Gustavo Petro ya no sorprendiera ni generara más rechazo. Aunque defender a su círculo cercano de las acusaciones para endilgarle la culpa a sus enemigos ya era usual, el “macrocaso” de las hermanas Guerrero y otras mujeres influyentes en la contratación con entidades estatales fue un tsunami. Al ataque enemigo le agregó una variante: los inescrupulosos eran los empresarios engañados que corrompían su administración. En todo caso, se sabe que tras un modesto cobro inicial por agendar o atender una cita, las intermediarias exigían $200 millones para mover hilos e incidir en los procesos contractuales con comisión por el éxito del trámite e indicaciones para ocultar lo recaudado.
Hubo reacciones familiares contra las cercanas timadoras. “No es un sex symbol, yo lo veo hasta feito” afirmó su hija Andrea. “No defiendas lo indefendible” le recomendó Mary Luz Herrán, ex esposa. Hurgando el oscuro trasfondo, el mismo Petro trinó que “la cercanía política no la mido por la belleza sino por la coherencia… Llevan años tratando de construir relaciones sentimentales mías con mujeres hermosas… La mujer hermosa inteligente asusta a los hombres débiles de mente y guía la fuerza femenina”.
Juliana Guerrero entró al Gobierno por la Oficina de Transparencia. Había llegado recomendada por un profesor universitario que conoció en movilizaciones estudiantiles. Con su hermana Verónica compartieron “espacios de trabajo en las campañas al Congreso y a la Presidencia del Pacto Histórico, en el 2022” y él les ayudó, repartiendo sus hojas de vida pues aseguraban ser desplazadas. Poco después el mismo maestro “empezó a ver desfilar a Guerrero por varias entidades con pinta de millonaria” y terminó pidiendo investigar las denuncias de Angie Rodríguez contra el Presidente ante la Comisión de Acusaciones de la Cámara. En febrero de 2025, cuando la presentó al país en un concejo de ministros, Petro destacó lo esencial de su curriculum: “Juliana es un poco joven, digamos, pero muy activa, rebelde, como las juventudes que nos hicieron ganar las elecciones”. Inicialmente, se le reprochó la presunta compra de títulos profesionales. Petro la nombró representante en la junta de una entidad de educación superior. Después, o antes, había más “favoritas” cuyos nombres apenas se empiezan a conocer. La primera pregunta pertinente es quién y con qué mecanismos se reclutaban las encargadas del esquema de “coima ligera” con el que se logró “el acceso emocional a los representantes del poder”. Faltan años de reportería independiente para tener una idea sobre los entresijos de este melodrama.
La segunda inquietud es por qué el presidente jugó tan sucio. “Tiene que ser muy corrupto para poner a robar a las novias” me comentó un colega desconcertado. Una respuesta rápida y fácil es que Petro estaba seguro de que Cepeda ganaría las elecciones, con impunidad garantizada. Sería ingenuo pensar que las maniobras navales y la presencia de personas muy cercanas a Trump antes y durante las presidenciales fueron irrelevantes. En lo que aún yerra ingenuamente el comandante Aureliano es negándose a aceptar que el mundo cambió. Así lo demuestra su último y lacónico viaje al extranjero, a “un lugar vital para la soberanía nacional y la lucha por la vida en el Caribe: la Cuba agredida”. También advirtió “cómo ahora la agenda diplomática colombiana se reducirá a los dictámenes de Tel Aviv que dicen con quién tenemos relaciones diplomáticas de acuerdo a las conveniencias de los genocidas”. Cultivando con esmero la tirria de Trump, Petro insiste en apostarle al lado caduco de la historia. Aún no calibra la irrelevancia de los Castro o Maduro y mucho menos lo que está ocurriendo en el Norte de África en dónde ya se discute la influencia de MAGA en la “invasión desarmada” de Ceuta, y se recuerda el apoyo norteamericano al franquismo, directamente de la Texaco, durante la Guerra Civil.
No habrá que ir tan atrás para encontrarle nuevos quiebres a Petro. Darío Villamizar cuenta que “en 1983 el M-19 lideró una delegación de dirigentes guerrilleros latinoamericanos para proponer a los libios el apoyo para un ejército insurgente continental; participaron Bateman, Pedro Pacho y La Mona” con representantes de otros países. “Gadafi estaba impresionado, ofreció todo su apoyo”. Más que la geopolítica, lo que realmente cambió desde entonces es la intolerancia con el machismo y la misoginia de los gobernantes. El trato de Gadafi hacia las mujeres fue uno de los elementos que más dañaron su imagen y contribuyeron a su caída, sobre todo por la contradicción entre su discurso oficial de emancipación femenina y el hecho escueto que “gobernaba con el sexo”.





