miércoles, 25 de febrero de 2015

Adopción para lesbianas, no para gays

Publicado en El Espectador, Febrero 26 de 2015












REFERENCIAS

Daly, Martin & Margo Wilson (1988). Homicide. New York: Aldine de Gruyer

Diamond, Lisa (2005). "What we got wrong about sexual identity development". Versión Digital

Diamond, Lisa (2008). "Female Bisexuality From Adolescence to Adulthood: Results From a 10-Year Longitudinal Study". Develpmental Psychology, Vol 44, Nº 1, 5-14. Versión Digital

Hrdy, Sarah (1999). Mother Nature. Natural Selection & The Female of the Species. London: Chatto & Windus

Hrdy, Sarah (2009). Mothers and Others. The Evolutionary Origins of Mutual Understanding. Harvard University Press

Paplau, Letitia (2003). "Human Sexuality: How Do Men and  Women Differ?". Current Directions in Psychological Science, Versión Digital

Robinson, Russell (2011). "Masculinity as Prison: Sexual Identity, Race, and Incarceration". 99 Cal. L. Rev. 1309, Versión Digital

miércoles, 18 de febrero de 2015

Oscar Wilde, la cortesana y la homofobia de Gerlein

Publicado en El Espectador, Febrero 19 de 2015







Nadie le puso atención al controvertido senador cuando, al oponerse al matrimonio igualitario, reveló que lo irritaban los gays pero no las lesbianas. 


La homofobia asimétrica es tan corriente como antigua. La pornografía, las revistas para hombres y el arte erótico de muchas épocas y sociedades abundan en mujeres acariciándose o besándose. La sexología experimental ha confirmado lo espontánea que es la excitación de los hombres con una pareja de mujeres. Los higienistas decimonónicos europeos señalaron la alta incidencia de bisexualismo entre las prostitutas, una característica siempre apreciada en el mercado del sexo, entre libertinos y en las fantasías masculinas, e incoherente con la supuesta lesbianofobia de los hombres. Para encontrar la versión femenina de esa atracción por una pareja del otro sexo hay que recurrir a alguna película excéntrica, como ‘Las Edades de Lulú’ de Bigas Luna. Los choques frontales entre feministas y lesbianas con travestis o trans confirman la disparidad de la aversión. 


Por otro lado, las encuestas sobre discriminación contra minorías sexuales en Europa muestran que las agresiones reportadas por lesbianas son casi tan frecuentes como las de gays. Una conjetura para esta nivelación por lo bajo de la tolerancia es que el activismo LGBT, al aglutinar la homosexualidad masculina, tradicionalmente estigmatizada y perseguida, con la femenina, inocua e incluso apreciada, acabó perjudicando a las mujeres. 


En el siglo XIX, muchas ciudades europeas persiguieron activamente el travestismo. Esta cruzada contra la feminización de los hombres precedió los juicios de Oscar Wilde, cuyos problemas se iniciaron cuando conoció a Alfred Douglas, un joven poeta con quien se involucró sentimentalmente. El padre de Douglas los amenazó y hostigó hasta el punto de querer sabotear el estreno de una obra de Wilde, quien decidió demandarlo. La primera parte del juicio se centró en unas cartas enviadas por el denunciante, quien pudo sostener que no había nada reprochable en ellas. Las cosas se le complicaron cuando la  defensa hizo alusión a otras aventuras para las cuales el vínculo intelectual era insostenible. Con una orden de captura en su contra, el escritor renunció a la acción judicial. Poco después enfrentó dos procesos penales, perdiendo el segundo. La ley utilizada para condenarlo, de 1885, fue una reformulación de las que históricamente castigaban las prácticas que repudia Gerlein. 


Por la misma época, la cortesana francesa Liane de Pougy se dedicaba a atender hombres poderosos manteniendo también apasionadas aventuras con distinguidas mujeres. En París y Monte Carlo competía con la Bella Otero por nobles y millonarios pero se escapaba a balnearios o al extranjero con damas notables. Esas aventuras lésbicas, reportadas en los medios, no le causaban trastornos con las autoridades o la opinión pública, ni afectaban su oficio. Por el contrario, sus amantes varones mantenían “la ilusión de, con un abrazo, arrancarle a Lesbos una presa deliciosa”. Grandes magnates intentaban seducirla con joyas pero ella, en cuanto podía, se volaba con su amada de turno. 


Liane mantuvo un intenso romance con Natalie Clifford Barney, escritora aristócrata gringa y provocadora lesbiana. Conocida como la Safo de Washington, alguna vez fue invitada a la casa presidencial y no le quitó los ojos de encima a la primera dama. Al final de la cena le diría “¡ah, Señora Presidenta! si usted pudiera continuar presidiendo la Casa Blanca no importa con qué presidente”. Esto ocurría tras varias décadas de persecución a hombres homosexuales y travestis. Enviada por sus padres a Paris, desde que llegó sedujo a la Pougy quien, inspirada en esa relación, escribió la novela Idilio Sáfico, otro de sus éxitos editoriales. Liane y Natalie asistieron a una obra de teatro con Sarah Bernhardt a la que la actriz atrajo, como era habitual, “una cantidad sorprendente de damas con pelo corto, chaqueta y cuello de hombre”. Las dos amantes se sintieron demasiado femeninas y alcanzaron a burlarse de esas jóvenes mujeres que fungían de varones sin incomodar al público, ni a la prensa, ni a la policía. 


Estas lesbianas abiertas y famosas también fueron activistas. Para defender sus derechos nunca se les ocurrió hacer causa común con los gays o travestis perseguidos en muchas ciudades por asuntos que no las incumbían. Faltaban dos guerras mundiales, unos motines de drag queens, la irrupción del SIDA y unas extravagancias del feminismo académico norteamericano para que se formara esa bizarra y frágil alianza LGBT que aparentemente ha resultado tan perjudicial para las L como ventajosa para los G y las T.



REFERENCIAS


Chalon, Jean (1994). Liane de Pougy. Courtisane, princesse et sainte. Paris: Flammarion


Linder,  Douglas (sf) “The Trials of Oscar Wilde: An Account”. University of Missouri Kansas City, UMKC School of Law


FRA (2012). “Survey data explorer - LGBT Survey 2012”. European Union Agency for Fundamental Rights



Pandora (2014). “Liane de Pougy, un chef-d’oeuvre libertin”. Marzo 2014


jueves, 12 de febrero de 2015

La abogada feminista que enfrentó al ejército

Publicado en El Espectador, Febrero 12 de 2015
Columna después de los memes





Una joven de 21 años, contacto de un grupo rebelde, fue detenida, torturada y violada con una botella por militares.

En 1960, plena guerra de Argelia, muchos pensaron que como Djamila Boupacha quedó viva no le ocurrió nada grave. “Creí que la habían sentado sobre la botella, como se hacía en Indochina; en esos casos se perforan los intestinos y la persona muere, pero aquí no pasó eso”, comentó fresco un magistrado. La defensa de la militante acusada por el ejército francés la asumió una abogada tunecina radicada en Paris, Gisèle Halimi. Se interesó por el expediente de la joven que confesaba su intención de poner una bomba, exponía sus razones -“soy agente del FLN y moriría por la independencia de Argelia”- y al final agregaba: “solicito un examen médico. Fui torturada”.

La defensora buscó que Djamila reconstruyera con precisión el incidente. “Eran unos bárbaros, se reían, me escupían la cerveza que tomaban, me pegaban cables eléctricos en los senos”. Dudó hablar de la botella pero su abogada insistió. En el libro que escribió después con Simone de Beauvoir, Gisèle recuerda que “tenía miedo de anotar mal el número de cicatrices, el tiempo de detención, el nombre del oficial. La acumulación de detalles era nuestro único chance. Poco a poco había descubierto la intolerable verdad del asunto. No era un caso banal. La cólera y la vergüenza me invadían. Había habido, otra vez, un crimen. Y ese crimen era particularmente atroz e inexcusable. Los jueces deberían estar informados. Y no sólo los jueces. Francia entera debía saberlo. Interrumpí a Djamila y le dije: los denunciaremos. Los obligaremos a abrir una investigación. Tendremos que gritar muy fuerte”.

A pesar de la oposición militar, Gisèle logró que el caso fuera trasladado a Francia y que un juez de instrucción investigara al ejército por las torturas. Djamila identificó en foto a sus verdugos pero el establecimiento castrense se negó a dar sus nombres, para no afectar la moral de la tropa. Gisèle denunció penalmente por encubrimiento al ministro y a un general en Argelia. Su indignación con un ultraje específico inadmisible, no un deseo vago de cambiar el mundo, movilizó intelectuales y diversos sectores de opinión en varios países, que manifestaron contra el ejército francés e influyeron en los acuerdos de Evian que pusieron fin a la confrontación con una amnistía favorable al FLN. Este juicio marcó un quiebre en la defensa de los derechos humanos en el mundo. Posteriormente Gisèle presidió la comisión del tribunal Russel que investigó los crímenes de guerra en Vietnam.

El feminismo espontáneo y pragmático de Gisèle se manifestó temprano: a los 13 años logró con una huelga de hambre no tenderle más la cama a sus hermanos. Entendió que si quería evitar el destino de su mamá, que no se sentaba a la mesa por atender a los hombres de la casa, debería estudiar. Sus victorias no se limitaron a poner en aprietos al ejército. La defensa que hizo de una mujer que ayudó a abortar a su hija violada fue un preámbulo a la legalización de esa práctica en Francia: inspiró a Simone Veil para la redacción del proyecto de ley y la histórica defensa ante el parlamento. Gisèle fue una de las firmantes del Manifiesto de las 343 “salopes” que declararon haber abortado. Su caso fue peculiar: como litigante en Túnez, había asistido a una audiencia con una sonda dentro del cuerpo. Se desmayó y al volver en sí pensó en la ironía de incumplir la ley defendiendo unos condenados a muerte. En 1978 ganó el juicio iniciado por dos jóvenes belgas violadas por tres hombres cerca de Marsella. Hasta entonces las violaciones no se condenaban bajo la disculpa de que las víctimas provocaban a sus atacantes. En 1980 se aprobó la ley que convirtió la violación en un crimen grave. Entre sus varios libros está una novela basada en Dihya Kahina la heroína berebere que en el siglo VII se opuso a la expansión musulmana.

Casi con noventa años, sigue siendo una mujer modesta, alegre, sensible y con gran sentido del humor. No guarda rencores. Ni siquiera con su madre, quien al cuidarle los hijos les machacaba que su progenitora prefería defender árabes en lugar de quedarse con ellos en la casa. Es incomprensible que Gisèle Halimi no sea una figura mundialmente reconocida del feminismo, y esté opacada por académicas amargadas con la historia de la humanidad, enfrascadas en debates bizantinos y sosteniendo doctrinas a espaldas de la ciencia.  

REFERENCIAS

De Beauvoir, Simone et Gisèle Halimi (1991). Djamila Boupacha. Paris: Gallimard

Onfray (2014) “Procès du viol - histoire du crime”, Marzo 8

Vigarello G. et J.-N. Jeanneney (2013). “Histoire de la complaisance sociale à l'égard du viol”. L’OBS, Janvier


jueves, 5 de febrero de 2015

La izquierda, los ricos y los impuestos

Publicado en El Espectador, Febrero 5 de 2015
Columna después de las gráficas






Fuera de la molestia con Charlie Hebdo, las distintas facciones de la izquierda colombiana comparten la tirria contra los ricos. 


Los capitalistas evaden impuestos, heredaron todo, son insensibles, furibistas, depredadores, financiaron paras, compran periodistas, sobornan políticos y forman carteles. La caricatura es burda, salvo en el punto complejo y poco debatido de la tributación. Excluyendo algunos tecnócratas, a la colcha de retazos tributaria nadie le mete el diente. La izquierda no domina el tema, y menos con una visión global. Persiste la visión del rico avaro que debe cubrir sin chistar el déficit fiscal. Aduciendo corrupción y despilfarro, muchos ricos se dedicaron a obtener exenciones y decidir cuánto pagan con "planeación tributaria". Ante la informalidad y la baja capacidad represiva se aumentan las tasas nominales, sancionando a los que sí pagan. Paradójicamente, el bajo recaudo se da con un aumento absurdo de demandas al fisco, para que respondan los McPato. La izquierda casi se regodea con las indemnizaciones a cargo del erario y preguntar quien asumirá el costo de algún derecho es una ofensa neoliberal. No hay prioridades, toca gastar sin condiciones: becas con requisitos son trampas que los beneficiarios deberían rechazar indignados. El Estado Social de Derecho es magnánimo y con recursos ilimitados.  Como Europa socialista en crisis, pero sin los euros. 


La reforma rural habanera trae una perla que ilustra esa irresponsabilidad fiscal que refuerza la evasión: "el Gobierno se compromete a asegurar la financiación de todos los compromisos derivados del presente acuerdo”. Y faltan las víctimas. Unos pocos funcionarios herméticos nombrados a dedo podrían comprometer gasto público por años, pero eso no incomoda.


Lograr que los ricos tributen más para aliviar la carga sobre la clase media es una preocupación mundial: el capital ya escoge dónde y cuánto tributar. Aún así, persisten un par de ventajas de los ricos, adicionales a los pocos impuestos que pagan. Exceptuando ciertas actividades extractivas o especulativas y concesiones grotescas como las zonas francas, el dinero invertido por un rico tiene un efecto socialmente benéfico. Existen divergencias en cuanto al monto pero no sobre el hecho que la inversión financia innovación que revierte en provecho de todos. Dean Baker, economista de izquierda, estima que por cada dólar invertido la sociedad recibe cinco. Al lado de sus beneficios sociales, las ganancias de empresas como Google, Twitter o Facebook son una chichigua. 


En Colombia, con recurrentes quejas contra los operadores de celular, es preferible tenerlos a que se vayan. Cuando no hay ricos, como en Cuba, la izquierda más rancia sueña que lleguen. William Ospina dicta su lista de opciones y condiciones para que alguien invierta en la isla. Ilustra bien la peculiar relación que la izquierda pretende mantener con los ricos: "nosotros definimos en qué gastar y ustedes pagan". 


Los ricos dan ejemplo para que la juventud tome riesgos buscando enriquecerse. Si no es criminal, ese “apetito de riqueza” genera desarrollo, incluso en la China comunista. “Faltan jóvenes franceses que quieran hacerse multimillonarios” señaló hace poco un ministro socialista. Tiene razón cuando la alternativa del político o servidor público como guía es cada vez más escasa y menos ejemplar. El efecto demostración es insuficiente para aliviar la pobreza y la desigualdad, pero cualquier esfuerzo redistributivo necesita ricos que paguen impuestos. 


Mecenazgo y filantropía escasean en Colombia. Es tal vez otra consecuencia del discurso de la izquierda, que aún no define unos ricos "deseables” diferentes de amigos y familiares. Las donaciones responden a la zanahoria pero no al garrote y hacia allá debería evolucionar la estrategia política y tributaria con los ricos, más de reconocimiento y cooperación que de desprecio y confrontación. Dialogar es útil no sólo con la guerrilla. La izquierda parece más dispuesta a "construir país" con unos comandantes secuestradores que con empresarios evasores o hasta con quienes han pagado sus impuestos, algunos rescates, y financiarán la paz sin que su opinión cuente mucho.


No es casualidad que los grandes filántropos sean gringos. Allá también tributan a regañadientes, sabotean el gasto social y la desigualdad es enorme, pero los ricos son apreciados, hasta admirados, y algunos responden. Como saben de impuestos, deben sonreír con el idealismo de Piketty, izquierdista ingenuo que propone gravar más los capitales en una economía globalizada, con paraísos fiscales, competencia internacional por inversionistas y sin soberano universal que obligue a tributar. Aumentarles los impuestos a los ricos ha sido una preocupación tan ancestral como la agricultura o el comercio. El arte es saber cobrarlos, sobre todo en un mundo sin fronteras.



Davidson, Adan (2012) "The Purpose of Spectacular Wealth, According to a Spectacularly Wealthy Guy" . The New York Times, May 1

Ospina, Willam (2015). "Las ganancias de Cuba". El Espectador, Enero 4


jueves, 29 de enero de 2015

El síndrome de Piketty: zurdazo a la lonchera

Publicado en El Espectador, Enero 29 de 2015







“Rechazo esta nominación pues considero que a un gobierno no le corresponde decidir quien es honorable”. 


Con esta lapidaria frase el economista estrella del 2014, Thomas Piketty, repudió hace poco la Legión de Honor que le ofrecía su patrón. Muchos personajes famosos han declinado honores oficiales. David Bowie y Keith Richards rechazaron la Orden de la Caballería Británica, pero ninguno de ellos vivía de la nómina oficial como Piketty, un hijo mimado del sistema educativo y burocrático francés. Profesor e investigador en entidades públicas, su preparación para esos puestos también fue financiada con fondos estatales. Piketty se graduó de la prestigiosa École Normale Supérieure, un establecimiento público que acoge básicamente vástagos de las clases sociales mejor preparadas. Las "Grandes Écoles" francesas son establecimientos de élite, para la élite, pero públicas y gratuitas; algo como la Universidad de los Andes, con los mismos profesores, alumnos, bibliotecas e instalaciones, pero a cargo del fisco. Gracias a esa formación de primerísimo nivel, pagada con impuestos, Piketty se convirtió en economista de Estado. Una de las críticas a su  trabajo es precisamente no haber tenido en cuenta transferencias como la que a él lo benefició.


Algunos recuerdos de infancia de Piketty pueden ayudar a entenderlo. Hijo de una pareja izquierdista radical de la generación del 68, el pequeño Thomas pasó unos años criando ovejas en los Pirineos. Su madre, de clase obrera, y su padre, de familia muy acomodada, se conocieron en una protesta callejera parisina. Ella militaba en el grupo extremista “Lutte Ouvrière” al que él se unió siguiéndola. Para evitar la presión de los camaradas, que le exigían cobrarle “impuesto revolucionario” a sus familiares, el padre de Piketty decidió refugiarse en el departamento más pobre de Francia, comprar un camión lleno de ovejas y empezar a producir quesos. Las dificultades de la vida campesina marcaron para siempre al futuro economista. “Recuerdo con amargura el regreso del mercado después de haber vendido sólo tres (quesos)”. Tal vez ahí comprendió que ordeñar la vaca estatal era más cómodo y seguro que criar ovejas. 


Piketty también fue oportunista. El proceso de selección para la Legión de Honor involucra a los elegidos, que suministran información sobre su obra. Quienes por principio no aceptan los honores lo hacen saber “discretamente, antes de la publicación de su nombre en el diario oficial”, señala un alto dignatario. Son pocos los que prefieren “llamar la atención sobre ellos o sobre el combate que libran”, como hizo Piketty, quien le sumó al rechazo una crítica al gobierno, que “debería estar consagrado a relanzar el crecimiento en Francia y en Europa”. El comentario proviene de uno de los economistas del candidato François Hollande, que conocían sus políticas, contribuyeron a diseñarlas e invitaron a votar por él. Con el poder desprestigiado, le convenía tomar distancia, y patear la lonchera con la zurda. 


El síndrome de Piketty tiene su versión colombiana. El discurso contra el  establecimiento es impulsado desde la nómina oficial por congresistas, jueces, sindicalistas o profesores de universidades estatales. Esa no es la parte perniciosa. Habla bien de una democracia permitir la crítica desde sus entrañas. Tal vez caería bien algún reconocimiento esporádico, y no solo quejas sobre el empleador, pero lo que realmente preocupa es la falta de claridad, la retórica casi justificativa, ante el ataque sangriento de unos fanáticos a la libertad de expresión. El periodismo testarudo e insumiso ante el poder, con distintas herramientas, ha contribuido a disminuir la censura oficial, un logro reciente y frágil. La caricatura y la sátira  han sido tan importantes para controlar los abusos de autoridad y la censura como el periodismo de investigación o los debates de opinión. Esa es la lonchera, menos palpable que el puesto de Piketty, que intelectuales inconscientes no dejan de disfrutar pero sin reconocer cómo surgió, ni protestar cuando la víctima de un ataque desentona con su perfil político, su manera de expresarse o su sentido del humor. Por el contrario, la patean irresponsablemente, también de zurdazo, con una perorata anticolonialista digna de asamblea estudiantil en universidad pública. No sorprenderán sus aplausos cuando algún tirano del vecindario censure un caricaturista o periodista de derecha por burlarse de Pablo Iglesias. Como anotó Alain Finkielkraut ante la pataleta de Piketty: “los rebeldes de hoy son unos niños consentidos”. 



REFERENCIAS

Berthomeau, Jacques (2014). "C’était au temps d’après mai 68 où les parents de Thomas Piketty partaient élever des chèvres dans l’Aude…". Blog personal

Linhart , Virginie. (2010) Le jour où mon père s’est tu.  Seuil


Pontie, Aymeric (2011).”Comment Thomas Piketty a manipulé ses chiffres”. Contrepoints, Juin 16

miércoles, 21 de enero de 2015

El derecho a ridiculizar, y la dificultad de hacerlo

Publicado en El Espectador, Enero 22 de 2015
Columna después de los memes










“La libertad y la risa se han hermanado en la tradición europea durante siglos y juntas han proclamado que el derecho a ridiculizar es precioso”.

La anotación es del historiador Simon Schama para quien la sátira oxigenó el debate inglés en el s. XVIII. “La carcajada saludable resonaba en cafés y tabernas con las caricaturas diarias”. James Gillray fue tan popular que su editora alquilaba álbumes suyos por días. Todos disfrutaban al primer ministro con forma de hongo surgiendo del estiércol, o a la reina con senos caídos tratando de seducir al canciller. Esa tradición pasó a Europa y América hasta llegar a Charlie Hebdo. 

Yo vivo agradecido con Wolinski, Cabu y los de Harakiri, “revista estúpida y malvada” porque conocer esa izquierda irreverente y mamagallista, que además disfrutaba la vida, me liberó del trascendental mamertismo colombiano, con lecturas insufribles, resentimiento, sacrificio, autoritarismo, superioridad moral y condescendencia asimétrica con los violentos. Esas cualidades permanecieron, hasta reverdecieron. Indignados con el “no estarían recogiendo café” reaccionaron ante el atentado en París con “se lo buscaron”. No provoca ridiculizar tamaña incoherencia, que da grima. Y mejor ahorrarse las réplicas paternalistas y eruditas a los chistes, otro tic mamerto.

Los interesados por mi colección de Harakiris eran compañeros del Liceo Francés. No era sólo cuestión de idioma. Como su pedagogía, el humor de los franceses no es siempre amigable, pero ayuda a identificar debates serios. El Canard Enchainé, periódico satírico, no es simple mamadera de gallo. Revisando carátulas de Harakiri encontré una de hace 40 años con plena actualidad: una trans exhibicionista con cirio y atuendo religioso, “Escándalo por hostias con hormonas. ¡Niña cambia de sexo el día de su primera comunión!”. Me reí un buen rato, la comenté con dos amigos y hasta ahí llegó. Si se publicara en Colombia algo así, la reacción, fofa y predecible, sería “¡homófobo!”. Temas interesantes y huérfanos de debate, como los LGBT, están bajo una coraza que erradicó no sólo la risa sino la controversia, con la disculpa de que, estando todo clarísimo, se pueden herir susceptibilidades.

Charlie Hebdo surgió de la censura a su antecesor por recordar que un muerto, Charles de Gaulle, no debía ser más relevante que 147 personas calcinadas recién olvidadas. Como no acepta publicidad, las dificultades financieras han sido constantes. El semanario post masacre, con una primera edición agotada de cinco millones de ejemplares, no será ni sombra de lo que fue. Lo aplacarán las masas que se lo fagocitaron. Imposible saber cuanto durará la moda pero serán muchísimos lectores adicionales. Y ante esa multitudinaria nueva clientela, Charlie Hebdo suavizará la sátira. Espero estar equivocado.

A los censores tradicionales, enemigos de Charlie Hebdo, los reemplazó una nueva censura, informal y difusa, de activismos seudoprogresistas que tampoco lo aguantan. Además de estigmatizar el humor, impusieron restricciones al vocabulario, a las formas, a la historia y a la información incómoda. Elaboraron una cartilla del qué opinar, el cómo decir y el qué callar. Amorosamente, protegen minorías y marginados de odios, fobias, indiferencia y chistes. Pero desprecian o insultan opositores, y promueven linchamientos virtuales sin agüero. Con el comodín del matoneo, que va desde mirada fea hasta violencia física, magnificaron los perjuicios de la burla para instaurar un equivalente al delito de blasfemia. Ya está casi maduro el manual de caricatura correcta con el visto bueno de alguna universidad norteamericana.

La reacción de la vieja guardia ante la masacre fue desafiante. “Nos vomitamos sobre quienes, súbitamente, dicen ser nuestros amigos”, comentó Willem, que se salvó por casualidad. Pero los demás sobrevivientes, dócilmente, se dejaron entrevistar para un programa televisivo de audiencia masiva: “estos días los pasamos en el corazón de Charlie Hebdo. En su sala de redacción vimos cómo encontraron las fuerzas para sacar este número”. También hablaron personas que hicieron fila de madrugada para comprar un periódico que jamás hubieran leído. Sería triste e irónico que ese bastión del humor libertario, malherido, lo acallara un enemigo acérrimo del fundamentalismo, el mercado.

Quedé atónito con la izquierda que pretendió enseñarnos que no debe haber unos muertos más importantes que otros. Ni siquiera son originales: para burlar la censura a ese mismo mensaje nació Charlie Hebdo. No fueron capaces de entender que los millones de personas manifestando no lloraban unos desconocidos sino que defendían unas ideas, en las que toca insistir. “Je suis Charlie”, “Yo no soy Fernanda del Carpio”, que se indignaba con la irreverencia, fingía que ignoraba la verdad y tenía “la tortuosa costumbre de no llamar las cosas por su nombre”. Al carajo con todas las censuras.



Schama, Simon (2015). “Liberty and laughter will live on”, Financial Times, Jan 7

miércoles, 14 de enero de 2015

Wolinski y las mujeres

Publicado en El Espectador, Enero 15 de 2015




“Eres un gran culpable, Georges. Mereces morir. Una fetua será lanzada contra tí. Que dios te proteja”.
 Con esta amenaza, proferida contra el artista por una mujer con burka, se inicia la autoficción “No tengo ningún remordimiento” que Georges Wolinski preparaba antes de ser asesinado con sus compañeros de Charlie Hebdo. El caricaturista dedicó su vida a burlarse de la obsesión de los hombres por las mujeres, y la fábula que creó para racionalizar y aligerar la condena a muerte que pesaba sobre ellos lo confirma, y demuestra su ingenio. La admiración de Wolinski por el cuerpo femenino se inició temprano, en un hammam tunecino. Tenía nueve años y lo entraron a la sección femenina de los baños. Se encontró empeloto en una piscina llena de mujeres desnudas. “Esa visión no la olvidé jamás”. A sus 78 años Wolinski admitía que no podía ver una mujer sin imaginarla desvestida.
A su primera esposa Jacqueline la conoció en el colegio y la perdió en un accidente. Ella manejaba mientras él dormía en la silla trasera del vehículo. Con 32 años, buscó superar el terrible golpe refugiándose en un pueblito costero con sus dos hijas. Trató de distraerse y cambiar de ideas con el material para un libro de caricaturas que lo volvería famoso: “No pienso sino en eso”. Difícil imaginar en qué otra cosa puede pensar un joven caricaturista viudo, fascinado por las mujeres y criando dos hijas pequeñas. La secuela de ese primer éxito editorial también fue obvia: “Ellos no piensan sino en eso”. A sus propias vivencias y fantasías agregó las de sus amigos cercanos. “Cuando alguien me importa, me intereso por su vida, encuentro una nueva psicología, otra manera de pensar y eso me inspira nuevos personajes”.
En Hara Kiri y Charlie Hebdo su compañero de parranda fue Reiser, otro caricaturista. En plena liberación sexual, estrenando píldora, ya famosos, “las jóvenes venían a la revista y terminábamos en sus casas, o en las mismas oficinas. Hicimos travesuras”. Nada demasiado fuerte, a veces “hacíamos el amor con una joven uno después del otro, que se quedaba mirando. Éramos tímidos, no sabíamos hasta dónde se podía ir con las mujeres”. En las fiestas “las jóvenes nos aplaudían mientras bailábamos empelotos en las mesas”. Reiser murió en los ochenta y “su humor transmite una alegría de vivir libertaria que desentona en el mundo actual”. Con el tiempo las compañeras de rumba, incluyendo su segunda esposa Maryse que conoció en la época feliz y desinhibida, comenzaron a ver en Wolinski un machista misógino. Triste ironía para alguien que amaba tanto a las mujeres.
En la tira cómica, Georges vuelve a encontrar a Leila, la mujer de la fetua, en un Sex-Shop halal donde ella vende ayudas para la sexualidad conyugal. A cambio del perdón, Wolinski le propone hacer desaparecer toda su obra vergonzosa. Vuelve al pasado y le pide a su alter ego joven que en su primer libro vista con burka a todas las mujeres. Hasta cambia el título a “No pienso sino en dios”. La mujer desnuda a cuatro patas en posición provocadora, se convierte con burka en una musulmana orando. Leila queda maravillada con el milagro y lo perdona.
Wolinski enfrenta otro juicio, esta vez por misoginia, ante un tribunal de mujeres convocadas por Maryse. Lo integran Benoîte Grould, escritora feminista, Simone de Beauvoir, Françoise Sagan, Betty Boop y la Gioconda. En su defensa Wolinski alega que “tendremos que volver a las conveniencias de los buenos modales, a las mojigaterías y prohibiciones de la religión que regían nuestra infancia. A veces añoro mi inocencia y mi emoción cuando las jóvenes me ofecían su boca y yo palpaba febrilmente sus sostenes de concreto. Hoy la calle está llena de mujeres vestidas, o desvestidas, que se contonean con shorts minúsculos. ¿Los hombres deben simular que las ignoran?”. Wolinski real reitera que no comprende la actitud de esas mujeres provocadoras, y mucho menos la de las feministas que se enervan y desesperan con su obsesión por mirarlas, con su apetito inocuo por ellas.
Al final de la autoficción, Leila reaparece como parte de un comando kamikaze para ejecutar la fetua, pero está dispuesta a cumplir su acuerdo con Georges. Ella misma lo salva sacrificando a sus compañeros. Después se une al grupo de mujeres que juzgaban a Wolinski, aprende a maquillarse para seducir hombres y se siente “feliz de ser deseada”. Georges se dedica a pintar cuadros abstractos con agua de rosas.