sábado, 3 de octubre de 2026

La fracasología local ante la derecha y la corrupción

 Publicado en El Espectador, octubre 8 de 2026


Para muchísimas personas, el Gobierno del Cambio fue un cuatrienio angustioso, impredecible, ineficaz, corrupto y pendenciero. Encima, su adalid casi se atornilla ilegalmente al poder asociado con un sombrío personaje de formación soviética. El temido escenario lo impidió un candidato visceralmente opuesto a ellos que ganó por una nariz. La izquierda, dividida como siempre y desconcertada como nunca, se debate entre luchas intestinas y cómo deshacerse del líder. Se indignan ante cualquier decisión de Abelardo de la Espriella quien en todos los tonos y por distintos medios anunció que gobernaría con ideas, objetivos y prioridades de derecha. ¿Esperaban que lo hiciera como Sergio Fajardo o Justin Trudeau?


El desacuerdo y la crítica a veces terminan en graves acusaciones que deberían denunciarse ante la justicia. Se confunde delito con irrespeto de protocolos. Proclamándose abierta, dialogante e incluyente, la izquierda intelectual, obsesionada por monopolizar la narrativa, carece de una actitud democrática básica: aceptar derrotas electorales y alternancia en el poder. Peor aún, busca acallar y estigmatizar las ideas que no comparte pero protesta si le hacen lo mismo. Esa postura sombría y pesimista surge del convencimiento que el origen de los problemas está tan lejos como sea posible. En Colombia 2026, por supuesto, los problemas no vienen del gobierno inmediatamente anterior, que sí los recibió de sus antecesores. 


La historiadora María Elvira Roca Barea propone el término fracasología para “la acomodación de ideas negativas y catastróficas” de las élites intelectuales. Una consecuencia es la falta de compromiso positivo: la misión es criticar, destacar el descontento, pero rara vez proponer algo distinto de sueños frustrados, deseos, ensayos y, si acaso, generosas leyes en el papel. En España, Roca Barea atribuye esta visión al afrancesamiento de quienes utilizaron la “autodenigración como signo de superioridad intelectual y como una forma de eludir sus responsabilidades”. En América Latina, tras la Independencia, Francia ocupó buena parte del espacio cultural. En la Nueva Granada se configuró una oposición entre sectores próximos a la tradición hispánica católica y otros que admiraban la cultura francesa, el liberalismo, el republicanismo y los cambios revolucionarios. Esta influencia se dio en varios ámbitos: política, costumbres, moda, literatura… pero sobre todo en educación. Primero, por la presencia de congregaciones y docentes franceses, cuyos colegios formaron a futuros ingenieros, médicos, abogados, comerciantes, militares y eclesiásticos. En el siglo XX, el legado francés en la mentalidad de la élite universitaria se transmitió con la Universidad Nacional incluso en áreas científicas como la medicina. En derecho la influencia fue contundente: el Code Civil napoleónico. 


Hace varias décadas que en Colombia se puede hablar de una élite europeizada por la influencia de pensadores alemanes y españoles sobre el derecho y la jurisprudencia. Casi simultáneamente, la economía “neoliberal” llegó al país universidades anglosajonas. Así se entiende mejor la “doble personalidad” de la Constitución del 91 con juristas que destronaron el sistema civilista.  


La mirada centrada en Europa continental en detrimento de los EEUU puede ser delirante. Un ex ministro petrista, el más culto de los muchos gabinetes, sentenció, refiriéndose a las últimas presidenciales: “perdimos porque los tecnofascistas metieron la mano en las elecciones colombianas, bolivianas, ecuatorianas, chilenas, argentinas. Las quieren meter en Brasil, México, El Salvador, Honduras”. 


La fracasología afecta la corrupción por vías complejas y contradictorias. Para evadir responsabilidades, el pesimismo da un volantín y la lacra se endosa al adversario. Lo insólito es que una de las instituciones que la izquierda considera más inoperante, la justicia penal, es lo único que disuade e incapacita malhechores. Que evite la reincidencia es otra cosa. Por algo el destierro o deportación fue usual contra los corruptos en varios lugares: Imperio Otomano, Antigua Roma, Atenas, Francia, Portugal y España a las colonias… entre muchos otros. El texto clásico sobre inutilidad de las penas, Vigilar y Castigar, de Michel Foucault es la referencia más citada por el afrancesado establecimiento de izquierda. Allí se confirma que el destierro fue una pena corriente del llamado Antiguo Régimen traducción del muy francés Ancien Régime. Foucault no se interesó por la corrupción que, como delito ligado a la propiedad y el beneficio, se toleraba. A pesar de este ilustre Professeur eso debe cambiar si se busca combatirla en serio. Podría ser útil aprender de instituciones españolas que superaron la fracasología para lograr resultados impresionantes contra estas nuevas venas rotas que a veces terminan en autoexilio, desde un ex insurgente hasta un Rey Emérito. Elemento esencial del buen desempeño han sido las ciencias forenses que en Colombia las mentes más sombrías asocian automáticamente con cadáveres y muerte. Para más inri de la vanguardia intelectual local, un golpe durísimo contra la corrupción española socialista en el poder contó with a little help from our friends.