viernes, 12 de junio de 2026

Fontaneros, cloacas, lealtad

 Publicado en El Espectador, junio 18


“Cuando creíamos haberlo visto todo, el sumario del caso ha venido a desmentirlo: no habíamos visto nada… Acciones más allá de la simple corrupción… en el terreno de la obstrucción a la Justicia”… “Una trama mafiosa residenciada en Ferraz que actuaba para proteger los intereses del presidente”… “El hedor llegaba hasta Sebastopol. La trama persiguió fiscales, jueces, funcionarios, agentes, periodistas y todo lo que supusiera un riesgo para Sánchez y su entorno”.


En España, produjo asombro e indignación la investigación judicial que revela maniobras orquestadas por Santos Cerdán (SC) -entonces Secretario de Organización del PSOE que le reportaba al Number One- y su asistente Leire Díez (LD), ambos ya imputados. Proporcional fue el cinismo de la llamada fontanera, encargada de las cloacas -desagües, alcantarillas- del PSOE; la que mantuvo “el agua limpia y clara… no para otra cosa que no fuera limpiar”… Era “su mano derecha que nunca aparecerá por ningún lado”. Cuando estalló el escándalo y LD renunció al PSOE entregó un pendrive con más de dos mil documentos recopilados, según ella, para una “investigación periodística”. Pensaba publicar un libro. 


Ante el esbozo de tan sombrío y deprimente panorama, también hay buenas noticias. Las instituciones españolas han resistido el feroz embate de una banda criminal incrustada en el ejecutivo de una democracia que se creía consolidada. La justicia penal, que la izquierda rechaza por represiva, mostró ser necesaria, sólida y eficaz. Que la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, el órgano central del Servicio de Policía Judicial, investigara y señalara yerros de su directora, compinche del gobierno que elaboraba listas de los subalternos a quienes había que hostigar y neutralizar, es una nítida garantía para la democracia y el estado de derecho. La lógica es simple. El autócrata corrupto funciona sobornando subalternos. Más temprano que tarde, los servidores públicos sin codicia rehusarán torcerse. 


Esa misma dinámica virtuosa se observó en Colombia durante el agotador Gobierno del Cambio. Personas honestas, con principios, que el Nº 1 pensó eran de bolsillo por haberlas nombrado, cumplieron su deber sin someterse al jefe. Lo mismo ocurrirá si persiste la pataleta presidencial de desconocer el resultado electoral. Como no habrá fraude a nivel nacional para ganarlas, tendrá que aceptarlas, con ruidosas pero inocuas rabietas. Igual pasará con la machacada constituyente: se seguirán los procedimientos legales y las otras dos ramas del poder jugarán su papel. Las FFAA también. Malcolm Deas, agudo historiador de la política colombiana argumentó que el país no ha sido militarista pero sí ha padecido rachas de intenso sectarismo. El Gobierno del Cambio no fue militarista pero sí extremadamente sectario. Lo fueron el líder, su candidato escogido a dedo y prácticamente todos sus acríticos, leales e incondicionales colaboradores o seguidores. ¿Hasta qué punto se pueden estirar la lealtad y el servilismo sin perder la dignidad? 


Bajo el gobierno del PSOE el Number One siempre ha decidido cómo responder a la prensa ante las crisis. La fontanera y sus cloacas ha sido, de lejos, el asunto que más ha comprometido la transparencia y la palabra del régimen, tocaba entonces refinar al máximo la coordinación del relato ofrecido. A pesar de que hace años existen fotografías del jefe supremo abrazando a LD, el pasado 5 de junio, ante una audiencia internacional, tuvo el cinismo de afirmar: “nunca he conocido, ni nunca se me ha informado sobre las andanzas de (LD) porque si se me hubiera informado no las hubiera tolerado”. La ministra y portavoz del gobierno declaró leyendo que “nunca ha conocido, ni ha sido informado de las andanzas de (LD), que nunca... hubiera tolerado”. Así, en algún momento, la lealtad deja sólo dos opciones: aferrarse a un papelito que se lee o “arrastrarse y balbucear”, como ya han hecho ministros del gabinete. 


Un problema insólito es que en los engranajes corruptos algunas personas tienen la manía de registrar minuciosamente sus actuaciones. En España, por ejemplo, en el caso Gürtel, un ex concejal del PP grabó durante 2 años unas 20 horas de conversaciones. El mismo Bárcenas, tesorero del PP, mantuvo una contabilidad paralela manuscrita. La operación Kitchen, montada para recuperar esa documentación, también generó grabaciones. En los escándalos recientes del PSOE, Koldo García, asistente de Ábalos, grabó horas de conversaciones con los implicados. LD mantenía libretas de todas sus reuniones y llamadas. La lógica es obvia: garantía ante traiciones, chantajes o negociación en caso de caer. En Colombia, esta costumbre no ha sido común. Desde hace años, sabuesos estatales y periodistas han asumido la responsabilidad de acopiar pruebas. La sensación de total impunidad de los implicados parece haber sido suficiente. Por último, la costumbre de leer papelitos también puede surgir del ánimo de preparar litigios, o defenderse de ellos.


REFERENCIAS