martes, 9 de noviembre de 2021

La bailarina, el chef y los comunistas

  Publicado en El Espectador, Noviembre 11 de 2021


Uno de los mayores logros de la revolución cubana fue edulcorar el comunismo con irreverencia, trópico, artes, bohemia y rumba. 


Al meterle realismo mágico a un discurso basado en buenas intenciones, megalomanía y proyectos faraónicos, represión, política castrense y totalitarismo quedaron mimetizados y diferenciados de las prácticas en dictaduras más frías y severas. La intervención armada en otros países se volvió un alegre gesto de amistad con los pueblos.   


Colombia Moya Moreno era una bailarina hija de Luis, un escenógrafo, pintor, arquitecto y director de cine mexicano que llegó en gira a nuestro o país por los años treinta. En Medellín, conoció y se enamoró de Alicia Moreno una joven de Fredonia. Se casaron y tuvieron dos hijos. Colombia, la segunda, tenía pocos meses cuando decidieron irse a México tras establecer una red de amistades entre artistas colombianos. En D.F. la casa Moya-Moreno se convirtió en refugio para exilados que se reunían a “escuchar bambucos, bailar cumbias, porros y beber aguardiente”. Por allí pasaron, entre muchos, Porfirio Barba Jacob, Leo Matiz, Rodrigo Arenas Betancourt, Manuel Zapata Olivella, Alvaro Mutis, Gabriel García Márquez y Fernando Vallejo. Varios habían coincidido con Fidel Castro en el Bogotazo del 9 de Abril de 1948. Por otro lado, algunos de ellos habían visitado la Unión Soviética y simpatizaban con el comunismo.



La vocación inequívoca de la hija Moya era la danza cuyo estudio inició con el rigor del ballet clásico. A mediados de los 50 fue llamada para formar parte de un grupo de baile folclórico mexicano que haría varias presentaciones en Cuba. Allí, “sentí un aire cálido que me acariciaba, me aliviaba, me llenaba la vida. Quería vivir en ese lugar. Y eso antes de la revolución, luego, para mí era el mejor lugar del mundo”.


Tras un doloroso incidente familiar Colombia decidió irse a Acapulco para, además de leer a Marx, “bailar y entregarle sus dolores al mar”. Estando en la playa, se le acercó un estudiante de leyes cubano, “de clase media y ademanes burgueses” que le confesó su vieja admiración por ella como bailarina. Vivieron un intenso romance y “terminé casada por bruta, de blanco y por la Iglesia”. Tuvieron una hija que quedó registrada con el apellido de la madre y no de quien resultó borracho, mujeriego e irresponsable, además de vergonzoso tibio en materia de compromiso político. Decepcionada, Colombia se separó para volver con su hija a la casa materna, retomando la danza y las artes.


Al poco tiempo decidió irse de gira para Francia. En París, con una “convicción imbatible” optó por quedarse para perfeccionar su formación como bailarina. El cuidado de su hija en México no parecía desvelarla. Empeñada en “devorarse el mundo del arte, potenciar su expresión artística y esculpir su agilidad corporal” se unió a un grupo de canto y danza latinoamericanas dirigido por un comunista paraguayo.  Así entró al círculo de exilados hispano parlantes que se reunían a cantar, bailar y sobre todo a “intercambiar lecturas, a discutir y pensar críticamente el mundo, a discutir las posibilidades de las revoluciones en los países del sur”. En medio de estas veladas, el grupo de artistas recibió con júbilo la Revolución cubana. 


Poco después apareció Pedro Baigorri, un joven vasco, estudiante de cocina, con gran sensibilidad revolucionaria y conocedor de las luchas del pueblo argelino. Con él salían por las calles parisinas pintando los muros y buscando militantes para los grupos solidarios Fidelistas de Europa. Estas actividades hicieron que Colombia tuviera mayor deseo de instalarse en la isla, hasta el punto de ofrecerse en la embajada cubana como voluntaria de la Revolución. 


Siguiendo instrucciones del Comandante Fidel, la diplomacia castrista buscaba alguien de primera línea que pudiera “contribuir a la formación de las escuelas nacionalizadas de cocina cubanas” y que, además, “ayudara al cultivo y preparación de los caracoles de tierra en la isla”. El peculiar chef debía cumplir el requisito de ser comunista o por lo menos apoyar de manera irrestricta la revolución. Encontraron a Pedro Baigorri, que cumplía casi todas las exigencias y caprichos del dictador. Ser anarquista en lugar de comunista pareció una falla subsanable. Elegido por la burocracia y dispuesto a embarcarse para apoyar la lucha del pueblo cubano, el cocinero vasco pensó en su nueva mejor amiga bailarina, en la oportunidad que la vida les ofrecía de hacer en pareja lo que ella siempre había soñado. Le propuso que viajaran juntos. Así, con pocos días de intervalo, salieron para Cuba la bailarina y el chef cargados de ilusiones, amor, alegría, caracoles y setas para que la revolución comunista prosperara. 



Buscando animarlo con alusiones a su otra pasión, Colombia le dijo a Pedro: “así no bailes, así no te subas al escenario a danzar, todo en la vida es danza, la historia es una intensa coreografía de cuerpos en movimiento… el lenguaje de nuestras actuaciones… nuestro compromiso con la Revolución”.