viernes, 18 de septiembre de 2026

El asimétrico y tartufo desasosiego con un vocablo

 Publicado en El Espectador, septiembre 21 de 2026


Se armó tremendo escándalo con la decisión del nuevo gobierno de reemplazar  en sus comunicados el término “campesino” por otro supuestamente más moderno y menos sujeto a prejuicios y discriminación: “pequeños empresarios del campo”. Paradójicamente, la protesta provino de quienes, en los más diversos frentes, han insistido en erradicar las denominaciones que marcan a las personas con etiquetas indelebles. Ignorando sus principios, en esta ocasión no tuvieron reparo en aceptar el sustantivo masculino para representar tanto a hombres como a mujeres. Precisamente esa fue la recriminación hecha a la directora del ICBF por decidir que dejaría de usar los vocablos “niños” y “niñas” para reemplazarlos, no con la denominación masculina, sino bajo el término neutro “niñez”. Además, esa había sido la propuesta del Ministerio de la Igualdad bajo el Gobierno del Cambio que nadie rechazó. 


En defensa del cuasi sagrado término, la izquierda condescendiente y reaccionaria trajo a colación planteamientos colectivistas, políticos e ideológicos caducos; sin la menor empatía ni consideración por las personas reales afectadas con el cambio de rótulo. La lógica para protestar fue falaz: dejar de utilizar el término “campesino” equivaldría a “suponer que no existe, y así borrarlo del mapa”. No tarda en consolidarse otro genocidio. Y a falta de evidencia empírica, tranquilamente la inventan: “la gran mayoría de campesinos probablemente hubiera dicho que se siente cómoda con su denominación”. ¿Por qué aquí muestra y representatividad son irrelevantes y no es grave que la mitad femenina de la población rural quede invisibilizada asimilándola al “campesino”?


Después viene la declaración de banalidad individual que conlleva el término frente a un colectivo genérico: “los campesinos organizados han logrado toda una serie de reconocimientos y de derechos claves para su avance social, que están amarrados a esa palabra”. Como lo estuvo el obrero, el capitalista y muchos términos usados por quienes homogeneizan lo heterogéneo y lo supeditan al papel de defensor o activista de causas políticas que pueden serle ajenas, o no prioritarias. 


Además de preguntarlo directamente, un criterio adecuado para saber si alguien del campo encuentra satisfactoria su situación es bien simple: observar cómo “vota con los pies”. Quien emigra sin coacción es porque prefiere cambiar su estatus. Los flujos migratorios son críticos pero están silenciados en este debate amañado; y en ellos se destacan como fundamentales las diferencias hombre mujer. Históricamente, las campesinas fueron las primeras en querer liberarse de su entorno, décadas antes de la salida masiva de trabajadores para el sector de la construcción urbana en los años setenta. Entre emigrantes rurales, en 1951 Bogotá ya tenía 30 mil mujeres más que hombres. Abandonaban el campo por falta de oportunidades laborales y llegaban a la ciudad para ocupar posiciones muy precarias, incluso humillantes como el servicio doméstico en una sociedad clasista. Así ocurrió no solo en Colombia, sino en casi en cualquier país no sujeto al control dictatorial de movimientos entre regiones. “Porque es desde la ciudad que se identifica a los campesinos a nivel global, sin mucha preocupación por la diferenciación social”, resume el Larouse francés. Algunos campesinos jóvenes hacen pensar en el inmigrante ilegal al que mentes progresistas buscan convencer de que se quede en el lugar del que busca irse como sea. 


Actualmente en Colombia persiste una razón contundente para abandonar el campo cuanto antes: quedarse allí pone seriamente en peligro la posibilidad de educarse. De acuerdo con el DANE, en 2020 la distancia promedio entre hogares de estudiantes y colegios rurales estaba alrededor de 4 km, o sea más de una hora a pie. Para estudiar, un joven cundinamarqués “camina todos los días desde los seis años… empieza a las 4:30 am para estar a las 7:00 en el centro educativo”. Idealizar esa vida sólo porque encaja en un esquema ideológico es la típica maroma intelectual de quien por razones políticas sugiere a otras familias que hagan lo que jamás haría la suya. 


Un papel fundamental que juegan las ciudades es ofrecer un mercado muy apreciado, el de parejas. A la rudeza del trabajo en el campo y el deseo de abrir nuevos horizontes económicos se suma el asunto vital de con quién emparejarse. El problema es tan serio que en Francia, con excelentes comunicaciones, una densa red vial y amplia oferta de servicios públicos en sus 35 mil municipios, la TV emite semanalmente el programa “L’amour est dans le pré” (El amor está en el prado) que ayuda a jóvenes del campo sin pareja a encontrarla. Vale la pena preguntarse, para un reality como ese, en redes sociales o en apps de citas, cuál sería la denominación que un varón del sector rural colombiano escogería para su perfil: ¿“campesino” o “empresario del campo”?