Publicado en El Espectador, julio 16 de 2026
El New York Times acaba de publicar un reporte con la letra menuda, el día a día, de la interferencia de Donald Trump en Venezuela a través de su secretario de Estado y eventual sucesor en la presidencia, Marco Rubio.
En la madrugada del 3 de enero, poco después de la captura de Nicolás Maduro, Rubio se comunicó telefónicamente con Delcy Rodríguez: “le dijo que tenía dos opciones: trabajar con Estados Unidos o sufrir un ataque a mayor escala contra la infraestructura, las bases militares y los altos funcionarios de Venezuela. Tras una breve negociación la Sra. Rodríguez aceptó”.
Poco después del que considera el mayor logro de su política exterior, el presidente MAGA alcanzó a pensar si valdría la pena que su Secretario de Estado se instalara en Caracas. Su equipo consideró que se trataba de un chiste. El hecho escueto es que sería una movida políticamente arriesgada y verdaderamente redundante. “Lo cierto es que el señor Rubio no necesita mudarse a Caracas. Ya gobierna Venezuela desde Washington”. No es gratuito que haya sido apodado el Virrey de Venezuela que “controla las finanzas, la distribución de sus recursos naturales y su gobierno”. Gracias al whatsapp el control es cotidiano e incluye “chismes, saludos de cumpleaños y selfies”.
Sin hacer referencia a detalles como la soberanía y el derecho internacional, un vocero del Departamento de Estado ve evidentes beneficios en esta relación que permitirá a Venezuela “resurgir como un próspero aliado cuyos ciudadanos se beneficiarán de sus vastas reservas naturales y estrechos vínculos con los EEUU”.
Decir que Rubio controla las finanzas de la nueva colonia no es una metáfora, ni una exageración. “El Tesoro de Estados Unidos recibe los ingresos de la mayor parte de las exportaciones venezolanas y luego los transfiere a través del sistema bancario venezolano… El Sr. Rubio y su equipo establecen las condiciones sobre en qué se puede gastar ese dinero y quién puede hacerlo”. Se estableció una relación aún más fuerte que la de la mesada parental a la prole, que conserva algo de margen sobre cómo gastarla. La supervisión a veces sobrepasa la que sufre cualquier adolescente: “cuando el presentador de Fox News, Bret Baier, contactó a la Sra. Rodríguez para que participara en una entrevista, ella le dijo que el Sr. Trump tendría que dar su aprobación”.
El sistema ha permitido tener algo de control sobre la corrupción más flagrante. También beneficia al gobierno venezolano que el Tesoro estadounidense permita recibir ingresos sin ser acosado por los numerosos acreedores. En todo caso Delcy Rodríguez ha perdido autonomía para pagar a sus trabajadores y colaboradores. Rubio supervisa la aplicación de las sanciones estadounidenses contra Venezuela, y decide con quién puede hacer negocios. Ha reconfigurado el sector petrolero favoreciendo empresas estadounidenses.
Los recientes terremotos reforzaron al gobierno interino. EEUU “ha enviado 900 militares, se ha comprometido a aportar unos 400 millones de dólares en ayuda y ha entregado dinero en efectivo al gobierno venezolano”. Como parte del “intercambio”, los EEUU han utilizado información de inteligencia venezolana, por ejemplo la que condujo a dar de baja a Niño Guerrero, líder del Tren de Aragua, en un ataque con misiles en una zona remota al sur de Venezuela.
Una inquietud que podría surgir ante esa minuciosa supervisión cotidiana es bastante simple. Si el férreo control lo han logrado los EEUU con un régimen que los consideraba enemigos, ¿qué se puede esperar bajo un gobierno que los reconoce como grandes aliados estratégicos y ha manifestado acuerdo con los ptincipales cambios en geopolítica promovidos por Trump y Marco Rubio? Además, es imposible ignorar que, por lo menos para la segunda vuelta presidencial, hubo detenida observación de los comicios por personas muy vinculadas al gobierno de Trump. La respuesta hoy es relativamente simple: a pesar de todos los esfuerzos por desacreditar el proceso electoral por parte del Gobierno del Cambio y su candidato derrotado las instituciones colombianas, empezando por las electorales, demostraron su solidez.
Tras esa respuesta escueta, surgen otras preocupaciones bastante más complicadas de disipar. La primera es hasta dónde pretenden llegar en su actitud antidemocrática e incendiaria los líderes del partido que, sin la menor duda, perdió las elecciones. Produce desasosiego que quien se presentó como candidato abierto al diálogo y a los acuerdos con sus adversarios proclame que “advertimos que en Colombia comienza a configurarse un gobierno paramilitar” e invite al oxímoron de una “desobediencia civil pacífica”. Petro, a su vez, insiste en desconocer a De la Espriella como presidente. Tanto o más difícil de entender es la absoluta falta de crítica al comportamiento de los principales periodistas de izquierda, que sacrificaron la legitimidad y credibilidad necesarias para hacerle críticas al gobierno de un partidario convencido de Donald Trump.