Hace dos semanas el New York Times publicó un reportaje sobre Lourdes del Castillo de Rumié, una cartagenera de 77 años experta en PowerPoint.
Cansada de pasar vergüenzas en el banco por no tener la dirección electrónica que le pedían, Lourdes decidió aprender de computadores hasta convertirse en usuaria cotidiana e intensiva. El artículo apenas menciona a Myriam Vélez de Lemaitre, vecina de Lourdes, por haberle presentado a Luis Felipe Venegas, el profesor de sistemas. Pero no cuenta nada sobre la también tardía y sólida afición a la informática de esta otra cartagenera.
Soy compañero de colegio de Rafa, hijo de Myriam, e inmediatamente le pedí que me contara la manera como ella, que ronda los noventa, había abrazado las nuevas tecnologías. La historia es estupenda. “Hace unos años, viendo que todos llegábamos a casa con portátiles, aifóns, etc, se le metió en la cabeza que quería un ordenador. La puntilla fue cuando vio a su bisnieta de un año, manejando como si nada un aipad. ‘Si Martina puede, ¡yo también puedo!’ Enseguida hubo que salir a comprarle el equipo completo”.
Familiarizarse a esa edad con equipos, programas e internet fue un logro menor frente a la destreza con la que Myriam ha puesto la tecnología al servicio de sus intereses y rutinas. Lejos de ser una simple observadora pasiva, “entre otras se ha dedicado a la útil tarea de escanear y guardar todas las fotos familiares arrumadas en cajones y closets... Tiene un grupo de viejitas aficionadas a la buena música y espectáculos que ya están en las mismas y con el mismo profe, y se intercambian por email unos enlaces”. No deben ser muchos los internautas que utilicen de manera más astuta Google Earth que la mamá de Rafa, quien lo adoptó para supervisar desde su pantalla a los hijos residentes en el exterior. “El otro dia regañó a mi hermana Verónica, quien vive en Miami, porque su tanque de la basura estaba tirado al frente de su casa... Ya sabe cuando meto o saco mi lancha al agua en mi casita en la bahía... ni pa qué sigo...”.
No he averiguado si Myriam y sus amigas han intercambiado mensajes sobre el reciente contrapunteo entre Héctor Abad y William Ospina. Tampoco sé si a través de sus cuentas en Twitter, Facebook o g+ contribuyeron a la refrescante goleada del optimista sobre el pesimista. Pero a pesar de sus años, estas mujeres definitivamente hacen parte del bando que gracias a la tecnología ve el vaso casi lleno. Más que positivas, son entusiastas. “Súbitamente descubrí el cielo”, comenta Lourdes por haber podido bajar de internet imágenes de obras de Miguel Ángel y del arte barroco belga para sus presentaciones. Sin saber quien es, está profundamente agradecida con el inventor de PowerPoint por haberle dado tanta felicidad. “No me quiero morir”, concluye. Las vivencias simples de estas abuelas cartageneras ilustran la pifia de William Ospina al tenerle tanta tirria y desprecio “al narcisismo de las pequeñas satisfacciones”. Viendo siempre el vaso medio vacío, o espantosamente desocupado, también se corre el riesgo de quedarse “ciego toda la vida a todo eso”.
REFERENCIAS